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Ausencia

Noche en blanco

Cama desierta No puedo dormir. No tengo tu cabeza en mi pecho y tu pelo entre mis dedos. No tengo tus sueños ni estoy en ellos. No tengo el olor de tus sábanas perfumadas con el sexo cometido nada más tocarlas. No puedo dormir.

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No sé si te ha pasado

Ese momento, a pocos centímetros uno del otro, en que sus ojos son lo más maravilloso que conoces. Ese momento, uno junto a otro, en que algo te hace sonreír, te giras para ver si a ella también y descubres que te mira sonriendo.

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Fe de erratas

A mi correctora

«Corriges lo que ves, señalas los errores, les dices que así no es pero ellos argumentan que los estás cambiando.»

corregir

En el suelo un puñado de lápices, bolígrafos de diferentes colores y algún rotulador incluso, que ha rodado desde la cama. Y nosotros fuimos los papeles que ahí se marcaron, se subrayaron y también se tacharon, entre las sábanas y las discusiones sobre forma o hasta el fondo.

Me cogiste siendo apenas un borrador y pasaste páginas conmigo. De mí sacaste algo bueno, alguna cita incluso. En mí dejaste borrones y tachones pero también mejores palabras, mejores besos, muchas verdades y más de un atrevimiento.

Y vienes ahora y me ves y la portada ha cambiado y mis textrañas te parecen cambiadas, diferentes. Pulidas. Como las dejaste, pero pasadas a limpio.

Me miras.

Y yo te cojo la mano y pongo tu índice sobre las erratas que aún contengo, señalado una a una. Imperfecto, pero mejor que antes de ti.

 

El ovido

El olvido es esa caja de cosas que todos tenemos en casa. Esa caja donde guardamos cosas que nos gustan, que nos recuerdan un momento, lugar o persona. Esa caja que pusimos en un lugar protegido de la casa. Es esa caja, esa misma caja […]

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Vida

Máscara de chocolate

Cuando te conocí no pude sino sentirme atraído por ese misterio tuyo.

Cuando te tuve, probé tu dulzura y me llené de ti; nunca saciado, siempre hambriento de más.

Pero cayó la máscara con que ocultabas tu carácter amargo, murió el carnaval de nuestras noches entre sábanas que usamos a modo de bambalinas entre las que nuestras emociones jugaron a esconderse.

Quedaste tú, rostro descubierto, y supe que el juego de máscaras siempre había sido un baile con la muerte.

Todo encaja

 

Todo encaja. Pero no.

Dos piezas que colocas juntas, parece que encajan, parece que forman el mismo dibujo, parece que así tienen que estar. Pero no. Resulta que no. Encajan, sí. Pero no, no funciona así.

Y lo curioso es que ni una ni otra pieza pueden cambiar de forma. Ni una ni otra pueden adaptarse a la contraria. Simplemente encajan pero no.

Y están ahí, juntas. Bien, aparentemente en armonía, hasta que el resto del puzzle se compone y resulta que hay en otra parte un hueco para una de ellas. Y en este momento de separar las dos piezas que encajan pero no van juntas estamos tú y yo. Juntos y sabiendo que un hueco de vacío va a quedar pronto a nuestro lado.

Y no importa quien no encaja en realidad en quien. Y no importa quien encuentra antes ese hueco que le espera y donde de verdad va a estar. No importa eso porque eso es lo que pasa después de fragmentarse de nuevo. Eso, todo eso, pasa ya después de volver a ser 2 y no 1, parte y no todo. Una parte que resulta ahora, sin la otra, tan insignificante que se siente como nada, como un vacío que se suma al vacío dejado por la partida de la otra mitad.

Imagina un puzzle al que al quitarle una pieza todo el resto comienza a desmoronarse y caer por una espiral de vacío oscuro. Si puedes ver esa espiral negra que engulle aquella belleza de la que formamos parte otro tiempo, entonces puedes verme.

Pero ya no.

Aquí

Aquí a mi lado

¿Quién eres? ¿Por qué entras así en mis sueños y escondes tu cara? ¿De dónde vienes? Te tengo, te siento. Estás. Y todavía no sé casi nada de ti, apenas unas palabras susurradas en la noche… Apenas una caricia tan breve que no puedo saber si ha sido intencionada o sólo un accidente.

Pero estás. Aquí. Puedo sentirte a mi lado porque siento mi costado tibio, mi mano derecha caliente mientras la fría se esconde del frío en mi bolsillo. Estás porque no me siento solo. Estás y lo sé aunque no puedo verte.

Y a veces simplemente me dejo llevar y disfruto de esta sensación. Otras, sin embargo, me corroen las dudas y el miedo a perderte: no sé qué podría hacer para retenerte. Si no te conozco ¿cómo hacer lo que debo hacer para gustarte? ¿Cómo elegir qué es lo correcto? ¿Cómo, si no sé nada de ti en realidad?

Pero cuando las dudas parecen ahogarme y el miedo se siente como un bloque de cemento que me hunde, resulta que precisamente tú me salvas. Y de una manera sorprendente: vuelvo a sentirte a mi lado y me doy cuenta de la clave. Descubro la solución a mi incertidumbre.

Es casi tan simple que me hace reír. Gracias. Estás aquí, a mi lado y me proteges y me cuidas, me das calor y me animas, me sacas de la cama por la mañana y me arropas por la noche. Estás aquí y no debo tener miedo: estás porque quieres estar, porque soy como soy y soy tal como soy. Porque así es como esperas que sea. Porque, sencillamente, sólo debo seguir siendo yo para tenerte, sin cambiar, sin imposiciones, sin prohibiciones ni súplicas.

Te siento. Soñando y despierto. Te espero, sin cambiar, con la mano siempre abierta y el corazón dispuesto a aceptarme para ser tuyo.

No voy a mentir

dormir juntos

Leo (y has leído) muchas veces textos y poemas donde alguien mira a su amada o amado mientras duerme. Es bonito. Incluso me gusta.

Pero no voy a mentir: yo no te miro. No. Yo me quedo dormido.

Me duermo casi al tumbarme en la cama, casi, pero no antes de alargar mis brazos y rodearte con ellos. Me duermo, sí (y lo sabes porque, aunque me das la espalda, oyes cómo ronco). Es cierto ¿para qué negarlo?

Pero lo que, creo, importa es que me duermo con una sonrisa. Me duermo tranquilo, confiado, seguro. Me duermo sintiéndome fuerte y protector: estás en mis brazos, te sientes segura, tranquila, relajada y querida. A veces te duermes antes que yo (a veces significa, en realidad y ya que estoy siendo sincero, casi nunca) y te miro, sí. O acaricio tu vientre y tu pecho muy suave hasta que el sueño me vence. O siento esos pequeños espasmos del sueño, en tus manos y tus pies (fríos).

Me duermo pero no sin antes besarte la frente, dejarte mi sonrisa en los ojos y llevarme la tuya a mis sueños.

No voy a mentir: no he pasado la noche en vela guardando tu sueño. Pero he pasado muchas veces la noche dormido porque estaba contigo, gracias a ti, con el ritmo de tu respiración marcando el paso de mis sueños y la ilusión de saber que por la mañana, a pesar de que esos rayos de sol que entran por la ventana en realidad me matan (y no son “dulces caricias” ni nada así, ya he dicho que no voy a mentir) y me hacen protestar y taparme con la almohada…

La ilusión, digo, de saber que si abro los ojos estás ahí. Que si me muevo sentiré tu cuerpo.

O no, pero entonces lo que sentiré será el olor del desayuno que preparas. Y el día ya empezará a valer la pena, esperando que termine para volver a esta cama, a ti, a dormirme contigo.

Ve

Esa sensación de que podía protegerte de todo.
Esos momentos en que te sentía segura en mis brazos.
La felicidad de tener tu confianza.
La fuerza que me daba tu necesidad.

Esa sensación de ser útil al menos para eso. De existir por un motivo. De vivir para eso.

Ese tiempo que queda atrás y ahora miro teñido de nostalgia, cubierto de vacío y empapado en soledad, la mirada al suelo, las manos -antes talismán de tu confort- en el fondo de los bolsillos.

Pero ve. Ve a otros brazos que además de cobijo te dan tanto. Ve y lleva contigo la sonrisa que igual que provoqué también acabé por borrar. Ve aunque me niegue, aunque acepte y rechace. Ve.

Miro estos brazos, siento los hombros demasiado ligeros sin tus lágrimas y lamento haber sido el consuelo necesario a causa de mi tormento.