La ofrenda
Muere el sol. Las últimas luces del día entran por la ventana transformando el azul celeste de las paredes en sangre. La lámpara negra permanece apagada, no será necesaria. Libros que guardan polvo, cuentos; libros con las páginas desgastadas, rituales. El altar está preparado: la víctima está en el centro de la habitación, bajo la atenta mirada de los dioses que esperan su ofrenda descansando en la pared. La puerta azul que nunca se cierra esta vez será cerrada, el sacrificio lo exige: un único testigo, el sacerdote verdugo.
En la mesita esperan el chuchillo y las tijeras, limpios pero teñidos de la sangre que el sol derrama dentro del cuarto. Velas encendidas bailan sobre el televisor que muestra los detalles de esta ofrenda recogidos por la cámara de video.
La víctima aguarda. El verdugo ultima los detalles: los gestos, las palabras. Comienza la música, la orgía de sonidos metálicos, cuerdas y graves coros de siniestras voces. Una mano toma el cuchillo purificado. La otra acaricia las tijeras. El verdugo sonríe, se acerca el momento de glorificación de la sangre, la culminación de su venganza: llega el castigo que su hermana siempre mereció.
Fuera del cuarto se oyen gritos. Llegan desde la cocina, pero dentro del cuarto suenan ininteligibles. El verdugo ignora a su madre. Fuera de la puerta azul nacen más gritos, pasos furiosos se acercan por el pasillo. El verdugo ignora a su padre y precipita el ritual. Sonríe sádicamente y clava con saña sus armas en el cuerpo de la víctima una y otra vez. Llaman a la puerta golpeándola con fuerza.
Se abre la puerta, las velas se apagan con la corriente de aire, calla la música y un desgarrador grito infantil llena la casa. El verdugo ha terminado su labor, no le importan las consecuencias, el dolor causado, las lágrimas: sabe que sus dioses están satisfechos.
Desde la pared Ronaldinho y Pikachu, satisfechos, contemplan los restos del cuerpo de Bratz.
Publicado originalmente el 27/09/2004









