Browsing Category:

Relato corto

Por su aroma

Miré. No sé por qué, pero miré. Y descubrí que era preciosa. Su olor, suave y dulce me alcanzó y provocó la extraña sensación de una descarga eléctrica en mi cuerpo.

Me acerqué, despacio. Pasito a paso pude aproximarme. Y su hermosura se hacía a cada centímetro más dulce. Más atractiva. Magnética. En ese momento, ya sabía que de manera inevitable acabaría a su lado.

Y así fue.

Discretamente, mirando en otras direcciones de manera casual y desinteresada pero fijándome si otros se acercaban, llegué a sus pies.

La miré. Distraida, no me prestaba atención. Pensé cómo atraer sus ojos mientras daba una vuelta a su alrededor, despacio. Cerré los ojos. Su aroma me llenaba el cerebro de imágenes en colores que nunca había pensado que existirían.

La rocé, como por accidente, mi último recurso (o al menos el único plan que pude pensar).

¡Y me miró!

Rió y alargó su mano hacia mí.

– ¡Pero qué preciosidad! -dijo manteniendo su sonrisa y acariciando mi pelo mientras guardaba su mp3 en el bolsillo.

– ¡Lucas, ven aquí! -esa otra voz me hizo girar la cabeza pero no me moví de donde estaba. Se acercó hasta donde yo estaba y continuó hablando- Perdona, a veces hace un poco lo que quiere… -su cara parecía un tanto sonrojada.

– No, no pasa nada -respondió su voz, tan dulce como su fragancia- me encantan los huskies ¡y este además tan mono con sus ojos azules y el pelo blanco y negro!

Ladré y sacudí mi cola contento.

Ha pasado el tiempo y creo que mi amo todavía me mira agradecido por esto mientras me deja probar la cena que le está preparando.

24/09/2009

Llovía muchísimo

Llovía muchísimo. Un tormenta tonta de verano, no por habitual menos sorprendente. Tanto, que me encontró en la playa y a duras penas conseguí salir de la arena con todas mis cosas. Y, claro, gente que había sido más rápida que  yo ya ocupaba la marquesina de la parada de autobús así que tuve que guarecerme bajo uno de los árboles que adornaban el paseo junto a la playa. Eran más o menos las 7 de la tarde.

Podría lamentarme del frío o de estar mojado, pero la verdad es que pronto me olvidé de todo: a mi lado, con el pelo goteando y un vestido ibicenco medio empapado que traslucía un bikini negro estaba la chica más guapa que yo hubiera podido imaginar. Confieso que el hecho de que dejara entrever su bikini me resultaba… vamos a decir “estimulante”, pero es que luego, siempre de reojo, comprobé lo larga que era su melena y lo bonitos que eran sus ojos, por muy teñidos de rabia que estuvieran teñidos en ese momento.

–          Vaya mierda ¿no?

No hubo respuesta. Creo que ni me escuchó.

–          ¿Quieres taparte bajo mi toalla? Menos es nada…

Ahí ya me miró. Comprobó que no parecía un mal tipo, volvió a mirar la que estaba cayendo y sin decir una palabra levantó los hombros y dio un paso para acercarse más. Yo estiré la toalla y la cubrí.

– ¿Estabas en la playa? –dije, y una fracción de segundo después me di una fuerte palmada imaginaria en la frente: si había una frase más estúpida y una respuesta más obvia sería difícil encontrarla.

– Sí –respondió, sorprendentemente- y lo malo es que justo acababa de llegar.

– ¿Tan tarde? –vi que no era una buena pregunta y maticé – ¿es que trabajas o algo así?

-Algo así –y esbozó una sonrisa- pero intento aprovechar las últimas horas del día siempre que puedo. Y hoy no ha podido ser, ya ves. Qué mierda…

Confieso que ver que me seguía la conversación me dejó tan aturdido que apenas podía pensar qué más añadir para no perderla por parecer estúpido…  Improvisé algo.

-¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Cómo no hay playa se acabó el día? – improvisar no es lo mío, comprobado, así que mostré la mejor de mis sonrisas para no parecer un entrometido ni un ligón al asalto.

-Sí, supongo… – no sé siquiera si llegó a ver mi sonrisa pues tenía la mirada más bien perdida entre las nubes grises y la cortina de agua.

Tronó.

Y noté que un ligero temblor le recorría el cuerpo, justo antes de moverse apenas unos centímetros más cerca de mí.

-¿Tienes frío o es miedo? –dije a modo de broma.

Y entonces me miró. Sí, en ese momento sí que me miró y lo hizo directamente a los ojos… y ahí ya me di por perdido. Fue tan intenso que incluso mi ojos ignoraron la orden del cerebro de comprobar la forma de sus pechos –esa mirada furtiva que todo chico realiza al menos una vez por minuto-.

-Desde pequeña tengo un miedo incontrolable a los truenos. No sé qué trauma será –intentó sonreír-  pero la verdad es que no lo puedo controlar. Así que, por favor, no te vayas corriendo si llega tu autobús ¿vale?

-Tranquila, no lo haré –“¡no me iría ni corriendo ni andando! Vamos, con lo preciosa que eres…” pensé. Sonrió y se acercó dos milímetros más.

-Coge este extremo de la toalla –y le ofrecí el que yo sostenía sobre su cabeza y ella lo tomó entre sus dedos. Bajé mi brazo, despacio, rozando su espalda y la agarré del hombro – ¿mejor así?

En la mirada que me lanzó sentí una mezcla de sorpresa y agradecimiento. Sonreí y por dentro suspiré. Creo que llegué a sentir como me temblaban las piernas de la tensión.
Silencio. Pero un silencio cómodo. Sólo interrumpido por un trueno que propició que ella se aproximara más y yo pudiera estrecharla más en mi abrazo. Sentí el olor de su piel, mezcla de crema y la sombra del perfume que debió de ponerse para su trabajo o lo que fuera. Cerré los ojos y traté de retener ese momento para siempre en mi memoria. Su cabeza se apoyó en mi hombro. Suspiré. Y ese suspiro sí que salió. Noté –no sé cómo, pero lo noté- que sonreía.

-¿Tienes prisa? Porque igual es mejor ir a tomar algo caliente en lugar de esperar aquí…

-La verdad es que sí que tengo frío… pero no sé, así mojada en un café igual me enfrío más… – recé para que esa opción fuera descartada… -. Bueno, si conoces un sitio muy muy cerca… -¡funcionó mi oración!

Tuve que pensar más rápido que nunca antes en vida dónde ir, pero no dejé de agarrar su hombro ni sentir su cuerpo junto al mío. Por suerte un pequeño  café-bar que conozco estaba a unos metros después de cruzar la calle. Así que la empujé suavemente fuera del cobijo del árbol y la animé a caminar lo más rápido posible. Fueron 4 minutos bajo la lluvia y de árbol en árbol, pero no la solté ni un segundo y ella me agarró de la cintura.

Llegamos un poco mojados, sí, pero realmente el sitio era pequeño y estaba calentito.  Tipo tetería, con sus luces tenues y cojines para sentarse en el suelo. Cómo e íntimo.
Le recomendé el chocolate a lo árabe, una mezcla que hacían ahí. Aceptó y cuando llegó la taza la agarró para calentarse los dedos mientras el chocolate se hacía bebible sin riesgo de quemarse…

-Mira… -le cogí las manos. Se sorprendió.

-¿Cómo es que tienes las manos calientes?

Mantuve sus manos entre las mías. De verdad que no quería soltarlas. Su piel era suave. No puede evitar acariciarla. Ella sonrió y las soltó para dar un sorbo de su bebida. No pude evitar reirme cuando levantó la cara con una gota de nata pegada a la nariz. Ella se sonrojó y se limpió rápidamente. Me golpeó el hombro suavemente mientras reía. Dejó las manos sobre la mesa. Se las cogí de nuevo. Me miró sonriendo.

Fuimos charlando entre sorbo y sorbo de chocolate. Y cuando no bebíamos, las manos volvían a entrelazarse. Y mis dedos cada vez más atrevidos acariciaban su piel de manera menos discreta.

Se movió y dejó caer su cuerpo entre mis brazos.  Cogió mis manos y se rodeó con mis brazos. Su pelo aún estaba húmedo, pero me encantó sentirlo en mi cara. De nuevo su olor entró en mí. Apreté suavemente y dejé mis labios rozando su piel. Ella no se movió y me dejó mantener ese contacto casual pero no casual. Se me escapó un beso. Y ella se giró.

-¡Oye! –sonaba como a reprimenda pero su sonrisa era tan grande que sólo pude levantar los hombros sonriendo como un tonto y decir:

-¡No he podido evitarlo!

-Ven aquí – se encaró, puso su mano sobre mi cara y posó sus labios en los míos.
En esa  postura, pude sentir como sus pechos se aplastaban contra mí… La besé, mis labios se pegaron a los suyos y los entreabrió. Mi lengua salió tímidamente y se encontró con la suya. Nuestras manos se movieron acariciándonos. Yo no daba crédito, pero ella, con las manos aún no precisamente tibias acarició mi cuerpo bajo la camiseta. Un escalofrío me recorrió. Ella, al notarlo, intentó quitar las manos pero la agarré y entre besos dije que estaba bien.

La luz era baja. Estábamos en un rincón de aquel lugar… no sé si era eso o el calor de ese chocolate con un toque de menta y un poco de chile pero lo cierto es que tanto ella como yo nos olvidamos de dónde estábamos y dejamos nuestras manos atreverse a explorar nuestros cuerpos… la toalla que con que nos cubríamos terminaba por ayudar a la aventura.

Palpé sus pechos suavemente, notándolos firmes, grandes, pesados y con el pezón endurecido. Ella también pudo comprobar que algo en mí se había endurecido. Fueron siempre caricias, suaves, casi roces accidentales… y eso me excitaba sobremanera.
El contacto de su lengua, su piel suave, sus manos por mi cuerpo, mis manos en el suyo, bajo el vestido blanco… rozando el límite de su bikini, casi entrando pero limitándome a dibujar formas abstractas en sus muslos hacia su ingle… el tiempo volaba y yo no quería ni darme cuenta…

19/09/2009

Tregua

Te despiertas y te ríes al comprobar que estoy con la boca en tu pezón, jugando con él entre mis labios o con mi lengua. Siento tu mirada y levanto la vista sin separar mi boca de ti. Oigo tu voz somnolienta con esencia de sonrisa:

– ¿Qué? ¿A qué sabe?

Y me haces pensar. Por supuesto, no paro de lamer y chupar a pequeños sorbos un pezón y luego otro mientras pienso. Están endurecidos ya y tu respiración ha cambiado aunque mi intención no es excitarte la recorrer con la punta de la lengua el círculo de tu aureola.

– Sabe a muchas cosas -pronuncio entre dientes y las palabras salen de entre mis labios y el rosado apéndice que chupo-. Sabe a futuro y maternidad -beso-. Sabe a esperanza y vida. También a placer y deseo -beso, chupo-. Tiene el aroma del cariño y la esencia de lo íntimo -sorbo y sonríes; cosquillas-.

– Me gustas ¿sabes? -Te miro levantando las cejas. Te animo a seguir con un «uhhmm» de boca llena- Porque sabes usar muy bien esa lengua.

Te respondo rodeando tu pezón con ella. Beso. Lamo. Y tus manos cogen mi cabeza entre mis pelos.

– Y ahora -sonríes-, deja que el resto de mi cuerpo deje de estar celoso de mis pechos.

Beso. Lamo. Chupo. La lengua baja por vientre, hace garabatos de saliva por tus caderas y dibuja espirales en tus ingles antes entrar a firmar en tu entrepierna el final de esta tregua de sábanas.

Consumirnos

El oxígeno que nos da la vida es también lo que nos la quita ¿lo sabías? Nos oxidamos y nos vamos descomponiendo, como esa pieza de hierro que se desmiga ya en el jardín tras tantos años.

El oxígeno es vida también para el fuego; se alimenta de él, como nosotros.

Y aquí estamos, tú y yo y así quiero acabar: que el oxígeno me dé la vida necesaria para consumirme contigo abrazados en la llama que nos dé calor hasta ser cenizas, pero cenizas que yacerán juntas bajo el árbol plantado por nuestros hijos.

Claudia

Siempre de blanco. Le encantaba ese color y cualquiera podría decir que iba con su carácter: dulce y educada, amable y respetuosa, inteligente y clara. Su madre, viuda desde poco después de que naciera, tenía los ojos siempre llenos de amor. Mientras sus compañeros de […]

Read more

Tu estrella en mi boca

Tengo tu estrella en mi boca. Y siento como al contacto de mi lengua se deshace y pinta mis labios.

Te tengo ahí y su sabor ya me invade. Cierro los ojos y me dejo llenar por el aroma y la textura.

Tengo tu estrella en mi boca y es como tenerte a ti entera y cubrirte de besos, lamerte de pies a cabeza, sentirte mía y entregarme a ti.

Se deshace pero se extiende sobre mi lengua, cada vez menos fuera y más y más dentro de mí, nutriéndome de ti y de lo que eres mientras mis ojos sigan cerrados.

Es un recuerdo que eras y ahora tengo en mí. Es un presente que me sacia pero me hace ansiar el futuro. Ya voy.

piruletas_de_chocolate_ampliacion

Un café tras 10 años

Hace poco que he empezado a beber café. Y me alegro de haber adoptado esta nueva costumbre: ahora sé lo que significa quedar para tomar un café. O tal vez simplemente sea que me alegro de tener una buena excusa para estar aquí, frente a ti, con dos tazas entre nosotros, vapor como tenue cortina que se va igual que se va, con cada minuto que pasamos aquí, todo este tiempo que ha pasado sin vernos.

¿Cuántos años han sido? ¿10? Puede ser. Y resulta que aquí estamos. Me hablas y, lo juro, te escucho. Pero también te miro. Te miro a los ojos y no es por simple cortesía. No. Te miro porque en ellos sigues siendo la misma de hace tanto tiempo. Veo tu simpatía, tu cariño, tu confianza. Veo todas esas cosas que sentía y que me alegro tanto de comprobar que siguen ahí. Miro algo más cuando apartas tu mirada, lo reconozco, pero me regalas media sonrisa al descubrir que mis ojos han bajado un poco. Y ya no apartas tus ojos de los míos, me absorbes.

Bajas la taza después de dar un sorbo y ahí está tu sonrisa. Una sonrisa que invita a sonreír contigo, con tus pómulos un poco sonrojados, redondos y dulces. Unos labios que forman un leve valle en el que quiero sumergir mis besos. Un deseo moderado por la madurez que ahora tenemos, pero un deseo que está aquí, al fin y al cabo. Nos alegramos de vernos. Nos alegramos de poder pasar este tiempo juntos.

Tu voz, sin embargo y a pesar de mantener ese tono tuyo, un poco agudo y suave, tiene ciertas sombras grises. Y la conversación, entonces, se va dirigiendo a esa zona oscura que sólo estás empezando a dejarme entrever. Pero sé que vamos a hablar de ello, siempre he tenido tu confianza, siempre me has ofrecido esta felicidad de saber que cuentas conmigo y me abres tu corazón.

Y a tus palabras llegan los miedos y dudas que ahora te atormentan. Deudas con el pasado, vida no vivida a cambio de crecer antes que los demás. Episodios de una serie no emitida, capítulos de un libro descartados antes de editarlo. Y te entiendo, te entiendo muy bien. En algún momento de mi vida he pasado por lo mismo que tú, así que sé de qué me hablas y sé un poco por lo que estás pasando.

Amiga, te digo, para pescar hay que mojarse. Pero piensa que el pez que ha escapado con la corriente es el pez que ya no vas a coger. A veces me salen metáforas sin querer. Lo que quiero decir es que ya no vas a tener los juegos de beber a los que jugamos los demás. Ya no vas a tener esas noches, esa música, esa ropa y tampoco vas a saber qué es eso de esperar a los lentos en la discoteca para poder dejarte abrazar y besar al chico que te gusta. Ya no.

Tuerces un poco el gesto y me dan ganas de tomarte las manos. Lo hago. Piel suave, como la recordaba. Relajas tu expresión. Me miras pidiendo más palabras, pero palabras que te devuelvan la sonrisa. No sé si voy a poder, pero te diré lo que pienso. Te seré sincero como siempre he sido: vive. Vive lo que tienes o vive lo que quieres. Acepta que algo has perdido; pero lo has perdido a cambio de ganar esto que tienes ahora y que te hace feliz.

No suelto tus manos.

No dejo de mirarte.

Aún no sonríes.

El café que queda se va enfriando.

Me levanto y me siento a tu lado. Paso mi brazo por detrás de tu espalda y apoyas tu cabeza en mi hombro. El silencio es cómodo. El calor de estar juntos relaja. Soy consciente de que existe el resto del mundo sólo porque veo algunas sombras moverse, pasar por delante de nosotros. Beso tu cabeza. Acaricio tus hombros. Huelo tu pelo.

Amiga, me alegro de estar aquí contigo después de tanto tiempo. Me alegro de volver a tu vida. Me alegro. Amiga, sonríe. Te hago cosquillas en el cuello y tus labios estallan en una risa que rompe el tiempo.

Amiga, estoy y ya no me voy. Te ayudaré a abrir las puertas que quieras abrir y a cerrar los armarios en los que se esconden las sombras que te asustan. Cuenta conmigo y confía en lo que digo igual que confías en lo que soy: vas a sonreír. Lo sé. Es así. Y sé que juntos vamos a descubrir cómo.

Mirada. Abrazo. Besos. Me regalas una sonrisa más y te abrazo para evitar el impulso de darte un beso que a los dos nos gustaría pero que no sería adecuado en estas circunstancias.

Hablaremos. Te escribiré. Escribiré sobre ti.

Hasta pronto.

Adiós en tono amarillo

Secó el sudor de su frente y miró al horizonte, donde el sol iniciaba su viaje al otro lado, dejando la playa cubierta por un brillo dorado. Tenía el gesto amargo que tenemos aquellos que escapamos de las despedidas como la sombra escapa al sol de mediodía en un campo de trigo.
 
A su espalda, el otoño llegaba y una brisa un poco histérica intentaba, sin éxito, sacudir a soplidos las hojas caducas. En su cara, resbalaban lágrimas doradas por el reflejo de la luz. En su garganta se ahogaba un grito agrio. En su corazón un rescoldo trataba de no morir ahoga. Y en el mar, la línea del horizonte sacaba su lengua de sol para engullir el barco en que ella iba ya, margarita sin pétalos, desnuda de aquellos silencios ardientes como el desierto.

Lloraba como un niño

Lloraba como un niño. Mojaba su pecho con mis lágrimas y sentía sus caricias en mi pelo y por mi espalda, intentando calmarme. Lloraba ella también.

Las palabras habían salido de mí lentas, desgarrándome por dentro. Confesé dudas, miedos, confesé infidelidades y estallé en lágrimas. Y ella me estaba consolando a mí.

Escrito originalmente el 4-7-2005

Esto sí que es un adiós

Fueron cuatro cachis de kalimocho. Seguidos y sin apenas respirar. Intenté ahogar mis penas y lo conseguí. Antes de levantarme me acerqué a ella y le di las gracias por haber logrado con sus palabras que yo llegara a esta situación.

No dije hasta luego como era mi costumbre. Dije adiós. Adiós y me levanté. A la primera. Acerté a dar tres pasos y luego caí. Mi frente golpeó el escalón de la entrada y se abrió. Sangre. Empezó a brotar sangre y el dolor me hizo vomitar. Se mezclaron los dos rojos, el espeso de mi sangre y el pálido del vino. Recuerdo haber apoyado mi mano en aquella sustancia en un vano intento por levantarme. Me desplomé y noté la calidez de la sangre al salir por la profunda herida. La calidez de mi vómito empapando mi ropa. Lo demás no existía. Para mi no había ruidos, ni música ni voces, ni siquiera sus gritos al intentar que me moviera. Luego, negro. Nada.

Al abrir los ojos tuve ganas de vomitar otra vez pero mi estómago estaba vacío. Y me di cuenta de dónde estaba. Una camilla, tubos, una ventana y tras ella la noche; y ella dormía en la silla junto a mí. No volví a dormirme, ni siquiera pensé en algo concreto. Mi mente viajó hasta que un rayo de luz entró e iluminó su cara. Poco a poco despertó. Una mirada interesada hacia mí. Luego una expresión preocupada. No se arrepentía de lo que había dicho, me di cuenta. Estaba ahí porque sabía que era la única persona que yo tenía en mi vida.

Apartó sus ojos de mí. Los míos se inundaron y las lágrimas empezaron a recorrer mi cara. Ni siquiera intenté mover la mano para secarlos. De cualquier manera, seguro que no hubiera podido. Tan agotado. Tanto.

Su mano apretó el timbre para llamar a la enfermera. Yo había despertado y no había peligro. Sin decir nada se me acercó. Un beso en la mejilla. Luego la puerta se cerró tras ella. Ahora sólo amigos. Suponiendo que volviera a verla. Lloré amargamente. Lloré aún mientras la enfermera me observaba. Parecía saber lo que me pasaba. Se acercó despacio y me abrazó maternalmente. No sé como lo logré pero moví los brazos y conseguí abrazarla fuertemente. Lloré sobre su hombro como un niño pequeño hasta calmarme.

Cuando me dieron de alta, recogí mis pertenencias y las metí en la bolsa de viaje. No me quedaba nada. Ni nadie. Caminé y caminé. Atrás quedaba todo, también ella. Tú.
Por eso te escribo esta carta. Porque no te quedaste atrás. Nunca has salido de mi corazón y sé que no me has olvidado. Te escribo por última vez, me iré lejos intentando olvidarte. Pero mientras, deja que te diga lo que te he dicho en los cientos de cartas anteriores:
Te quiero.

Ahora ya será definitivo.

Ahora sí que esto es un adiós.

Versión corregida. Texto escrito originalmente: 14-02-98