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Recuperados

Por su aroma

Miré. No sé por qué, pero miré. Y descubrí que era preciosa. Su olor, suave y dulce me alcanzó y provocó la extraña sensación de una descarga eléctrica en mi cuerpo.

Me acerqué, despacio. Pasito a paso pude aproximarme. Y su hermosura se hacía a cada centímetro más dulce. Más atractiva. Magnética. En ese momento, ya sabía que de manera inevitable acabaría a su lado.

Y así fue.

Discretamente, mirando en otras direcciones de manera casual y desinteresada pero fijándome si otros se acercaban, llegué a sus pies.

La miré. Distraida, no me prestaba atención. Pensé cómo atraer sus ojos mientras daba una vuelta a su alrededor, despacio. Cerré los ojos. Su aroma me llenaba el cerebro de imágenes en colores que nunca había pensado que existirían.

La rocé, como por accidente, mi último recurso (o al menos el único plan que pude pensar).

¡Y me miró!

Rió y alargó su mano hacia mí.

– ¡Pero qué preciosidad! -dijo manteniendo su sonrisa y acariciando mi pelo mientras guardaba su mp3 en el bolsillo.

– ¡Lucas, ven aquí! -esa otra voz me hizo girar la cabeza pero no me moví de donde estaba. Se acercó hasta donde yo estaba y continuó hablando- Perdona, a veces hace un poco lo que quiere… -su cara parecía un tanto sonrojada.

– No, no pasa nada -respondió su voz, tan dulce como su fragancia- me encantan los huskies ¡y este además tan mono con sus ojos azules y el pelo blanco y negro!

Ladré y sacudí mi cola contento.

Ha pasado el tiempo y creo que mi amo todavía me mira agradecido por esto mientras me deja probar la cena que le está preparando.

24/09/2009

Llovía muchísimo

Llovía muchísimo. Un tormenta tonta de verano, no por habitual menos sorprendente. Tanto, que me encontró en la playa y a duras penas conseguí salir de la arena con todas mis cosas. Y, claro, gente que había sido más rápida que  yo ya ocupaba la marquesina de la parada de autobús así que tuve que guarecerme bajo uno de los árboles que adornaban el paseo junto a la playa. Eran más o menos las 7 de la tarde.

Podría lamentarme del frío o de estar mojado, pero la verdad es que pronto me olvidé de todo: a mi lado, con el pelo goteando y un vestido ibicenco medio empapado que traslucía un bikini negro estaba la chica más guapa que yo hubiera podido imaginar. Confieso que el hecho de que dejara entrever su bikini me resultaba… vamos a decir “estimulante”, pero es que luego, siempre de reojo, comprobé lo larga que era su melena y lo bonitos que eran sus ojos, por muy teñidos de rabia que estuvieran teñidos en ese momento.

–          Vaya mierda ¿no?

No hubo respuesta. Creo que ni me escuchó.

–          ¿Quieres taparte bajo mi toalla? Menos es nada…

Ahí ya me miró. Comprobó que no parecía un mal tipo, volvió a mirar la que estaba cayendo y sin decir una palabra levantó los hombros y dio un paso para acercarse más. Yo estiré la toalla y la cubrí.

– ¿Estabas en la playa? –dije, y una fracción de segundo después me di una fuerte palmada imaginaria en la frente: si había una frase más estúpida y una respuesta más obvia sería difícil encontrarla.

– Sí –respondió, sorprendentemente- y lo malo es que justo acababa de llegar.

– ¿Tan tarde? –vi que no era una buena pregunta y maticé – ¿es que trabajas o algo así?

-Algo así –y esbozó una sonrisa- pero intento aprovechar las últimas horas del día siempre que puedo. Y hoy no ha podido ser, ya ves. Qué mierda…

Confieso que ver que me seguía la conversación me dejó tan aturdido que apenas podía pensar qué más añadir para no perderla por parecer estúpido…  Improvisé algo.

-¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Cómo no hay playa se acabó el día? – improvisar no es lo mío, comprobado, así que mostré la mejor de mis sonrisas para no parecer un entrometido ni un ligón al asalto.

-Sí, supongo… – no sé siquiera si llegó a ver mi sonrisa pues tenía la mirada más bien perdida entre las nubes grises y la cortina de agua.

Tronó.

Y noté que un ligero temblor le recorría el cuerpo, justo antes de moverse apenas unos centímetros más cerca de mí.

-¿Tienes frío o es miedo? –dije a modo de broma.

Y entonces me miró. Sí, en ese momento sí que me miró y lo hizo directamente a los ojos… y ahí ya me di por perdido. Fue tan intenso que incluso mi ojos ignoraron la orden del cerebro de comprobar la forma de sus pechos –esa mirada furtiva que todo chico realiza al menos una vez por minuto-.

-Desde pequeña tengo un miedo incontrolable a los truenos. No sé qué trauma será –intentó sonreír-  pero la verdad es que no lo puedo controlar. Así que, por favor, no te vayas corriendo si llega tu autobús ¿vale?

-Tranquila, no lo haré –“¡no me iría ni corriendo ni andando! Vamos, con lo preciosa que eres…” pensé. Sonrió y se acercó dos milímetros más.

-Coge este extremo de la toalla –y le ofrecí el que yo sostenía sobre su cabeza y ella lo tomó entre sus dedos. Bajé mi brazo, despacio, rozando su espalda y la agarré del hombro – ¿mejor así?

En la mirada que me lanzó sentí una mezcla de sorpresa y agradecimiento. Sonreí y por dentro suspiré. Creo que llegué a sentir como me temblaban las piernas de la tensión.
Silencio. Pero un silencio cómodo. Sólo interrumpido por un trueno que propició que ella se aproximara más y yo pudiera estrecharla más en mi abrazo. Sentí el olor de su piel, mezcla de crema y la sombra del perfume que debió de ponerse para su trabajo o lo que fuera. Cerré los ojos y traté de retener ese momento para siempre en mi memoria. Su cabeza se apoyó en mi hombro. Suspiré. Y ese suspiro sí que salió. Noté –no sé cómo, pero lo noté- que sonreía.

-¿Tienes prisa? Porque igual es mejor ir a tomar algo caliente en lugar de esperar aquí…

-La verdad es que sí que tengo frío… pero no sé, así mojada en un café igual me enfrío más… – recé para que esa opción fuera descartada… -. Bueno, si conoces un sitio muy muy cerca… -¡funcionó mi oración!

Tuve que pensar más rápido que nunca antes en vida dónde ir, pero no dejé de agarrar su hombro ni sentir su cuerpo junto al mío. Por suerte un pequeño  café-bar que conozco estaba a unos metros después de cruzar la calle. Así que la empujé suavemente fuera del cobijo del árbol y la animé a caminar lo más rápido posible. Fueron 4 minutos bajo la lluvia y de árbol en árbol, pero no la solté ni un segundo y ella me agarró de la cintura.

Llegamos un poco mojados, sí, pero realmente el sitio era pequeño y estaba calentito.  Tipo tetería, con sus luces tenues y cojines para sentarse en el suelo. Cómo e íntimo.
Le recomendé el chocolate a lo árabe, una mezcla que hacían ahí. Aceptó y cuando llegó la taza la agarró para calentarse los dedos mientras el chocolate se hacía bebible sin riesgo de quemarse…

-Mira… -le cogí las manos. Se sorprendió.

-¿Cómo es que tienes las manos calientes?

Mantuve sus manos entre las mías. De verdad que no quería soltarlas. Su piel era suave. No puede evitar acariciarla. Ella sonrió y las soltó para dar un sorbo de su bebida. No pude evitar reirme cuando levantó la cara con una gota de nata pegada a la nariz. Ella se sonrojó y se limpió rápidamente. Me golpeó el hombro suavemente mientras reía. Dejó las manos sobre la mesa. Se las cogí de nuevo. Me miró sonriendo.

Fuimos charlando entre sorbo y sorbo de chocolate. Y cuando no bebíamos, las manos volvían a entrelazarse. Y mis dedos cada vez más atrevidos acariciaban su piel de manera menos discreta.

Se movió y dejó caer su cuerpo entre mis brazos.  Cogió mis manos y se rodeó con mis brazos. Su pelo aún estaba húmedo, pero me encantó sentirlo en mi cara. De nuevo su olor entró en mí. Apreté suavemente y dejé mis labios rozando su piel. Ella no se movió y me dejó mantener ese contacto casual pero no casual. Se me escapó un beso. Y ella se giró.

-¡Oye! –sonaba como a reprimenda pero su sonrisa era tan grande que sólo pude levantar los hombros sonriendo como un tonto y decir:

-¡No he podido evitarlo!

-Ven aquí – se encaró, puso su mano sobre mi cara y posó sus labios en los míos.
En esa  postura, pude sentir como sus pechos se aplastaban contra mí… La besé, mis labios se pegaron a los suyos y los entreabrió. Mi lengua salió tímidamente y se encontró con la suya. Nuestras manos se movieron acariciándonos. Yo no daba crédito, pero ella, con las manos aún no precisamente tibias acarició mi cuerpo bajo la camiseta. Un escalofrío me recorrió. Ella, al notarlo, intentó quitar las manos pero la agarré y entre besos dije que estaba bien.

La luz era baja. Estábamos en un rincón de aquel lugar… no sé si era eso o el calor de ese chocolate con un toque de menta y un poco de chile pero lo cierto es que tanto ella como yo nos olvidamos de dónde estábamos y dejamos nuestras manos atreverse a explorar nuestros cuerpos… la toalla que con que nos cubríamos terminaba por ayudar a la aventura.

Palpé sus pechos suavemente, notándolos firmes, grandes, pesados y con el pezón endurecido. Ella también pudo comprobar que algo en mí se había endurecido. Fueron siempre caricias, suaves, casi roces accidentales… y eso me excitaba sobremanera.
El contacto de su lengua, su piel suave, sus manos por mi cuerpo, mis manos en el suyo, bajo el vestido blanco… rozando el límite de su bikini, casi entrando pero limitándome a dibujar formas abstractas en sus muslos hacia su ingle… el tiempo volaba y yo no quería ni darme cuenta…

19/09/2009

Culpable

y aquel rasguño se me abría,
y ya tardaba en cicatrizar

Escribí en la noche con los labios, a brochazos de sangre:
«PERDÓN»
y caí al suelo rodeado de hielo.
El frío comenzó a tener su telaraña sobre mi cuerpo y mi mirada trepó fuera de mi cara y huyó, para buscarte, a lomos de una gaviota. Sobrevoló mares, montañas doradas por el alba y valles arropados por la noche, viajó buscándote por todo el globo.
Pero emprendió el regreso sin haberte hallado.
Entreabrí la boca y la escarcha me invadió el pecho
y aquel rasguño se me abría,
y ya tardaba en cicatrizar

Regresaba de nuevo entre el hielo mi perdida mirada y ya me daba por muerto sin una última caricia de tu sonrisa. Se cubrieron mis ojos de cristal recordando aquel sueño que viví de
ir más allá de lo permitido,
por los fluidos que recorren el cuerpo

someterme a tu hechizo, olvidando mentir
en otro nivel, no querer recordar
ni siquiera el pasado
que sientes que está
completamente agotado

y entonces, mi mirada se posó a mi lado, se volvió hacia mi rostro vacío y descubrí que tus manos me estaban acariciando. Tus labios tibios rompieron la prisión de mis ojos y el silencio clamoroso de tu mirada perdonándome rompió la red que atrapaba. Y en el abrazo que nos dimos desperté, te miré de nuevo y sentí como tus labios se movían:
«te perdono».

se nublan los ojos
todo de un mismo color
mientras todo da igual

Cerrado

Palabras candado. Sentimiento prisionero.

No puedo abrir la boca: sentir el mundo entrando en mí me asquea. No lo soporto. Sólo imaginarlo me provoca arcadas. Pero yo no he decidido que sea así.

Casi no puedo cerrar la boca: las palabras empujan para salir a borbotones inconexos. Pero no salen, brotan y el viento se las lleva en forma de lágrimas.

He estado en el dique. He estado solo. He llorado. Pero nada me ha liberado, sigo prisionero, cerrado. Tus palabras fueron cerramiento, reclusión de mi interior hacia sí mismo y ya sólo me siento con un hueco que se limita a crecer sin cesar.

Un nudo en la garganta no es nada comparado con esto.

Un nudo en el estómago no es nada comparado con esto: La vida ya no entra en mi cuerpo, sólo me resta esperar a que se agote la que aún queda. Las fuerzas que me vayan quedando las dedicaré sin duda a tender mi mano buscando la tuya.

Ojalá la esperanza, ya que no se pierde hasta el final, alimentara también un poco…

La hora de preparar la cena

A mi espalda, una mujer cocina. Corta, calcula cantidades, limpia, cuece, fríe… la miro absorto, pero no porque quiera aprender su receta. La miro y ni siquiera pienso que está haciendo nuestra cena. La veo moverse al ritmo de la música que se ha puesto de fondo, bailando absorta sin ni siquiera darse cuenta de que la estoy observando. Mis ojos siguen sus gestos, atentos a los mínimos detalles que hacen de ella tan diferente, tan especial para mí. No puedo aparta la mirada de ella, llego a la conclusión de que, efectivamente, es la mujer con la que siempre he soñado. Sólo con mirarla reconozco la simpatía, el ánimo, esa energía vital que brota de ella e impregna la estancia en la que esté; sólo con mirarla preparar nuestra cena recuerdo una vez lo enamorado que estoy de ella y lo seguro que estoy de que será la mujer de mi vida.

Si no fuera porque estoy completamente convencido de que ella es mi novia y de que estoy despierto, este podría ser el sueño del que nunca quisiera despertar.

Sábado, 14 de enero de 2006.

Lo peor

Lo peor es sentirse vivo. Sentir la sangre fluyendo por venas y arterias. Sentir el pecho subir y bajar, moviendo el aire. Lo peor, definitivamente, es sentirse vivo.

Cuando salgo del colegio no me gusta que me vayan a buscar. Prefiero comer tranquilo mi merienda mientras camino, o corro, o doy patadas al balón. Estar solo y disfrutar. Dejar a lo lejos a todos esos chillones compañeros de clase, a esas niñas quejicas, a esos profesores furibundos.

Lo quiero comer más chorizo para merendar. No quiero. Ahora que sea mortadela, de esa con aceituna, que me gusta mucho más. Sí. Y con el pan que tenga mantequilla.
No quiero volver a llegar a casa y tener que hacer deberes. Ahora puedo dejarlos en blanco y saber que mañana cuando los meta en la mochila estarán terminados. Los profesores no podrán decir nada porque están perfectos, no hay errores, todo bien hecho.
No quiero vestir más estos pantalones cortos. Me siento ridículo, feo, un niño. Y no quiero. Vestiré como quiera, con vaqueros y camiseta, llevaré gorra y un pañuelo atado a la rodilla. Y playeras, no quiero más zapatos que aprieten mis dedos.

No quiero que mi hermano no esté. Quiero que vuelva y no esté muerto. Quiero que salga de esa caja negra, de esa piedra fría. Quiero que no haya bebido y que no haya cogido el coche para que esté aquí y me pueda dar un abrazo. Lo quiero a él como era antes.

Quiero que mamá me quiera. Volverá a casa y me dará besos de buenas noches. Dejará de estar tan lejos. No volverá a dejarnos solos, y cuidará de mi, y me querrá y papá no la pegará más.

Papá me va a querer. Me querrá y estará más tiempo en casa. No tendrá que comprarme otro ordenador, ni otra consola, ni una bicicleta que no usaré. Estará en casa sin oler a alcohol y estará limpio y olerá bien para que mamá le siga queriendo mucho.

No quiero volver a entrar en el salón y ver a papá y mamá discutir. No quiero llegar junto a ellos y oir sus gritos. Sus voces deformadas por el odio y la furia, sus caras enrojecidas, sus ojos desorbitados. No quiero que me griten que me aparte, no quiero que aparten, no quiero caer al suelo. Que me vean, que vean que quiero que hagan las paces. Que me mire. No quiero hacer daño a papá mordiéndole la pierna. No quiero que me pegue y me tire contra mi madre y yo saltar de nuevo sobre él. Quiero ver su pistola y no sentir ese estruendo, no sentir el dolor, ni el olor a humo, ni el olor a carne quemada, ni el olor a sangre. No quiero que mamá salga corriendo y gritando y que papá me recoja y la siga hasta la calle. No quiero volver a dormirme así.

Quiero. Sí. Sobre todo quiero despertar. Salir de este coma y poder sentir. Aunque sea sentir el dolor de caerme, sentir el frío, o el calor, y sudar y sentir las gotas de sudor resbalando por mi piel. Poder caminar y marcharme, poder huir y dejar atrás todo este dolor. Pero el niño que era ha muerto con aquel disparo. El trabajador responsable que iba a ser, ahora está incapacitado. El dulce marido se ahogó con los licores de mi padre.

Quiero escapar pero tengo las piernas de cemento. Quiero levantarme y ser niño, pero el tiempo no pasa en balde y ya son muchos años aquí postrado. Querría hacer algo bueno. Y eso aún estoy a tiempo de hacerlo. Cambiar el mundo, de alguna manera. No voy a poder plantar árboles, no voy a poder dar dinero al tercer mundo, ni siquiera podré colaborar en una ONG, pero voy a hacer algo bueno por el mundo. Voy a acabar con un mal ejemplo, voy a acabar con un dolor. Voy a acabar con una fuente de mal y de tristezas.

Pero yo solo no puedo y por eso te necesito. Te necesito para morir. Es fácil. No tanto como matar a un hada, que dicen que para eso basta con no creer en ellas. En mi caso es más bien lo contrario, debes creer en mi para que puedas tranquilamente acabar conmigo. Supongo que nadie antes te había pedido algo así, pero verás como no te cuesta hacerme este favor. De hecho, desearás hacerlo tanto como ahora crees odiar mi idea.

Dime ¿de qué sirve al mundo alguien como yo? Mis piernas son inútiles. Mis ojos están ya viejos prematuramente y mis manos… van a hacer todo lo posible por arruinar la vida de quienes me rodean. Si despierto no tendré más opción que ser como me han enseñado que sea. Buscaré ser feliz, y veré que no puedo. Y entonces buscaré el alcohol, y así podré tratar de no estar en este mundo. De qué me iba a servir estar. Vas a acabar conmigo.

Vas a matarme porque si salgo de aquí voy a querer buscar a tu hija, porque es joven y yo quiero sentirme joven y amado. Y vas a querer que no exista cuando tu hija se niegue a amarme y yo la fuerce y abuse de ella y la golpee hasta romperle algún hueso.

¿Querrás que viva?

Tú me vas matar porque sabes que el mundo es mejor sin alguien como yo. Porque tal y como he crecido no soy una persona. Porque me tienes miedo me vas a eliminar aprovechando que ahora estoy indefenso. Aprovéchate, debes hacerlo y matarme.
Te lo aseguro. Lo peor es sentirse vivo. Sentir la sangre fluyendo por venas y arterias. Sentir el pecho subir y bajar, moviendo el aire. Lo peor, definitivamente, es sentirse vivo.

Mátame. Te harás un favor.

To let go…

Era un domingo. Y fuimos de paseo, mi padre y yo. Recuerdo el aire todavía fresco por ser apenas principio de primavera y que mi padre llevaba una chaqueta marrón.

Entonces pasamos al lado de aquel puesto que vendía globos. Las otras veces que habíamos paseado por allí, mi padre nunca había accedido a comprarme uno, pero eso no me hizo dejar de intentarlo una vez. Para mi sorpresa, aquel domingo apenas sin insistir ni hacer ningún numerito, mi padre se acercó al hombre de los globos, me preguntó cual quería y luego cogió el cordel y lo puso en mi mano.

Recuerdo mi alegría. Paseaba orgulloso, cogiendo con una mano la mano de mi padre y en la otra aquel globo, tan colorido, volando a mi lado. Recuerdo sus colores vivos, cerca de mi cara, y poco más, ni siquiera las calles. Era como si aquella forma casi etérea atrapara toda mi atención y mi ilusión: no veía nada más.

Sin embargo, al salir de una bocacalle una corriente de aire arrancó el globo de mi mano confiada. Recuerdo aún la sensación del cordel resbalando por entre mis dedos sin yo poder evitarlo. La congoja me atrapó irremediablemente cuando vi que mi padre intentaba en vano alcanzarlo… y rompí a llorar, sollozos sonoros, profundos. Aquella felicidad se transformó en una sensación desoladora.

Mi padre se agachó a mi lado, me apartó las manitas de los ojos y me limpió la cara con las suyas. Me dijo, mira. Y giró mi cara en la dirección en la que el globo volaba alejándose de mi.

– ¿Qué ves?

– Mi globo, se va.

– ¿Y qué más?

– Nada -dije entre sorbos de mocos.

– ¿Estás seguro? Mira bien. Mira como ahora el globo brilla más. Mira como sus colores ahora son más bonitos. Fíjate, puedes ver la bahía. Se abre azul, las montanas al fondo, con su verde cortando el también azul del cielo. Y tu globo está ahí, tu globo vuela ¡y es libre para disfrutar de todo eso!

– Pero no lo tengo -respondí intentando hacerle entender mi desesperación.

– No lo tienes, pero antes el globo solo podía estar muy cerca de ti. Sólo podía verte a ti y las paredes de ladrillo de esos edificios que hemos pasado. Ahora esta ahí arriba, y todavía puede verte; igual que tu todavía lo puedes ver -ahora el globo hacía piruetas con el viento, como jugando a llamar mi atención, o eso me pareció-. Así que abre bien los ojos y disfruta: tu globo se aleja de ti, pero se va para ser más feliz. Y tú tienes que ser feliz porque ahora lo que él tiene es mejor y más de lo que tenía estando contigo.

 Mis ojos siguieron en silencio el viaje de aquel globo hasta que, después de ser un minúsculo punto negro contra el blanco de una nube, desapareció.

– ¿Y qué pasa ahora? -pregunté curioso, más que triste.

– No podemos saberlo. Sólo confiar en que su viaje esté lleno de bonitas experiencias -respondió mi padre tomándome la mano y haciéndome continuar el paseo. No hablamos más durante el resto del trayecto hasta el hospital. Pero mi padre me agarró por el hombro cuando llegamos al lado de la cama donde mi abuelo estaba. Me besó la cabeza y me dijo:

– Piensa en el globo.

– ¿Por qué?

– Porque lo mismo pasa ahora con mi padre, tu abuelo. Vamos ver cómo se va y vamos a ser felices por eso, ¿vale?

– Vale – dije con decisión, afirmando con la cabeza. Apreté la mano de mi padre y me senté sobre sus piernas. Me abrazó y esperamos. No sé cuánto tiempo estuvimos ahí, pero sé que no hablamos y entonces, en algún momento, mi padre me dijo: ya está, vámonos.

Lloraba como un niño

Lloraba como un niño. Mojaba su pecho con mis lágrimas y sentía sus caricias en mi pelo y por mi espalda, intentando calmarme. Lloraba ella también.

Las palabras habían salido de mí lentas, desgarrándome por dentro. Confesé dudas, miedos, confesé infidelidades y estallé en lágrimas. Y ella me estaba consolando a mí.

Escrito originalmente el 4-7-2005

Esto sí que es un adiós

Fueron cuatro cachis de kalimocho. Seguidos y sin apenas respirar. Intenté ahogar mis penas y lo conseguí. Antes de levantarme me acerqué a ella y le di las gracias por haber logrado con sus palabras que yo llegara a esta situación.

No dije hasta luego como era mi costumbre. Dije adiós. Adiós y me levanté. A la primera. Acerté a dar tres pasos y luego caí. Mi frente golpeó el escalón de la entrada y se abrió. Sangre. Empezó a brotar sangre y el dolor me hizo vomitar. Se mezclaron los dos rojos, el espeso de mi sangre y el pálido del vino. Recuerdo haber apoyado mi mano en aquella sustancia en un vano intento por levantarme. Me desplomé y noté la calidez de la sangre al salir por la profunda herida. La calidez de mi vómito empapando mi ropa. Lo demás no existía. Para mi no había ruidos, ni música ni voces, ni siquiera sus gritos al intentar que me moviera. Luego, negro. Nada.

Al abrir los ojos tuve ganas de vomitar otra vez pero mi estómago estaba vacío. Y me di cuenta de dónde estaba. Una camilla, tubos, una ventana y tras ella la noche; y ella dormía en la silla junto a mí. No volví a dormirme, ni siquiera pensé en algo concreto. Mi mente viajó hasta que un rayo de luz entró e iluminó su cara. Poco a poco despertó. Una mirada interesada hacia mí. Luego una expresión preocupada. No se arrepentía de lo que había dicho, me di cuenta. Estaba ahí porque sabía que era la única persona que yo tenía en mi vida.

Apartó sus ojos de mí. Los míos se inundaron y las lágrimas empezaron a recorrer mi cara. Ni siquiera intenté mover la mano para secarlos. De cualquier manera, seguro que no hubiera podido. Tan agotado. Tanto.

Su mano apretó el timbre para llamar a la enfermera. Yo había despertado y no había peligro. Sin decir nada se me acercó. Un beso en la mejilla. Luego la puerta se cerró tras ella. Ahora sólo amigos. Suponiendo que volviera a verla. Lloré amargamente. Lloré aún mientras la enfermera me observaba. Parecía saber lo que me pasaba. Se acercó despacio y me abrazó maternalmente. No sé como lo logré pero moví los brazos y conseguí abrazarla fuertemente. Lloré sobre su hombro como un niño pequeño hasta calmarme.

Cuando me dieron de alta, recogí mis pertenencias y las metí en la bolsa de viaje. No me quedaba nada. Ni nadie. Caminé y caminé. Atrás quedaba todo, también ella. Tú.
Por eso te escribo esta carta. Porque no te quedaste atrás. Nunca has salido de mi corazón y sé que no me has olvidado. Te escribo por última vez, me iré lejos intentando olvidarte. Pero mientras, deja que te diga lo que te he dicho en los cientos de cartas anteriores:
Te quiero.

Ahora ya será definitivo.

Ahora sí que esto es un adiós.

Versión corregida. Texto escrito originalmente: 14-02-98

Ácido o no

-Es que las ranas croan mucho y los arboles no lloran hojas pues el viento se las arrancó.
-Graniza.
-Es que el cielo no soporta las penas y las deja caer a tierra donde entran hasta las raíces del alma y brotan como flores de alegría.
-¡Qué frío!
-La sangre fluye lenta y necesita de la luz para alimentarse. Abre tu piel y deja que respire tu alma, siente la caricia de Ra y ríe porque la dicha está contigo.
-¿Nos vamos?
-Dame otro azucarillo… por favor…

Escrito originalmente el 7 – 03 – 05