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Recuperados

Pequeña

Eres tan pequeña que te puedes perder entre mis brazos. Tan pequeña que me miras desde abajo y veo tus ojos sonrientes al lado de tu nariz que me apunta. Cuando no me miras, sólo puedo doblar mi cuello y besar tu pequeña cabeza. Intento […]

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Cada vez

Es algo nuevo. Pero es algo que se repite. Cada vez. Te conozco bien, muy bien. Pero cada vez que te veo me enamoro de nuevo. Más. Cada vez que quedamos, siento algo dentro, esa excitación y nervios que sé que he sentido más veces […]

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El día que…

El día que no te besé estuviste sonriendo todo el tiempo, hablando relajada, enredando con mi pelo de vez en cuando y tenías una mirada que no alcanzaba a comprender.

Hoy, el día que no te tengo, comprendo todo lo que tus ojos me estaban diciendo y sólo me queda llorar y desear que el tiempo se pare y hasta se retuerza por darme otra oportunidad en aquel momento, por mirarte y comprender que las palabras ya sobraban, que las manos estaban diciendo todo y que, tu mirada, tus párpados, el gesto de tus labios y el color de tus mejillas sólo querían que me callara y abrazara mi boca con la tuya.

Quedan, ahora, el miedo, mi odio a mi mismo y la mirada vidriosa frente al espejo de un borracho arrepentido que sabe que perdió su oportunidad y aún no se atreve a dar el paso para olvidar y morir… o vivir sin ti, que es igual.

Sin deshacer las maletas

– Lo cierto es que apenas he deshecho las maletas. En seguida volveré a irme. A finales de mes más o menos. Yo la miraba fascinado. Aquella chica había viajado por medio mundo, había trabajado en lugares fantásticos… y era encantadora. Contando sus batallas transmitía […]

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Tu dolor

Hoy la muerte me ha visitado. Y la he reconocido a pesar de todo. No venía de negro, con túnica y guadaña.

Hoy he visto a la muerte en tus lágrimas, en la expresión rota de tu rostro, detrás de tus ojos tan tristes. La he visto como nunca imaginé.

Y tuve tanto miedo… Apenas he podido cogerte la mano y mirar. Desear que pronto pase todo, que puedas volver a sonreír recordando los momentos que pasaste con él; sin la punzada de la angustia de haberlo perdido.

Llorabas y el corazón se me partía con cada una de las gotas de plata que salían de tus ojos. Y me apretaba contra ti para no derrumbarme, sin poder hacer nada más que estar ahí a tu lado, callado, viendo como la muerte de tu ser querido te estaba queriendo matar.

Pensé muchas palabras y cosas que decir. Fallidos intentos de consuelo que conseguí ahogar antes de que salieran de mi boca. Contuve mi pena, alejé mi dolor y posé mis labios en los tuyos. Tus ojos se abrieron enrojecidos, pero entre los regueros de lágrimas de tu cara esbozaste una sonrisa y supe que mi calor te había llegado.

He visto la muerte en tu desconsuelo y desesperanza, y he tenido miedo. Pero estaré contigo.

Esta noche

Entre mis barbas quedan enredados aún tus besos y por mis dedos juegan a esconderse como una sombra los restos del olor de tu cuerpo. Como un tatuaje queda el recorrido de tus manos por mi cuerpo marcado hasta las venas.

Pero tu ausencia….

Ahora tu ausencia llena este cuarto, empuja las paredes sobre mí y hace del aire sucio alquitrán que ahoga mis pulmones.

Quiero que el alba deje su caprichoso paseo y te traiga a mi lado. Es así.

Tan sencillo. Tan estúpido

No esperes que esta noche la luna te susurre un cuento. No esperes.

Tu piel, hoy, será unas horas la simple sábana de este cuerpo que se enfría. Serás el último paño que empape su sudor. En ti quedará prendido su último calor.
En un extremo de ti, piel blanca que cubre el futuro cadáver, brotan yedras revoltosas que crecen por ti rojas. Sus raíces capotean en el charco de sangre, pero sus hojas, como rubíes, reptan por ti tiñéndote.

«Tan sencillo como no olvidarte, tan estúpido como aún quererte.»

Su tinta última se seca en el papel que ahora ya se ha hecho parte de la piel de tus manos, rugosa, áspera… hasta que la yedra que sigue adornándote de rojo brillante llegue. Y cuando la tinta y la sangre se encuentren brotará de su pecho y a través de ti, piel tan fina, casi ya nada más que paño rojo, una respuesta.

La luna, al final, ha bajado a contarte un cuento y confundir mis palabras. Y con ellas a ti. Pero no te dejas arrastrar por su fábula, quieres que mi palabra continúe. La luna murmura pero no interrumpirá.

Tú, de su sangre ya, sobre él y siendo él cada vez más, te esfuerzas por oír que tu final se acerca y que te has sacrificado. Pero hoy la luna no te susurra el cuento que quieres oír. Hoy, no te sacrificas por él en gesto de amor. No. Hoy, él muere desangrado en su lecho porque no soporta quererte.

Hoy, camina de la mano de la Dama del Alba porque le dejaste de querer. Y estar sobre su carne tratando de mantenerla viva no esconde ese hecho.
Hoy, estás muriendo porque lo mataste al negar que lo querías.

Mirándote en mis adentros

Quien se enamora dice sentir mariposas en el estómago.

Lo que yo siento ahora son hormigas en el corazón. Cientos de miles de pequeñas punzadas, diminutos mordiscos, incesante movimiento inquieto y errático. Me abro la carne de par en par y veo mi corazón negro y palpitante de una vida ajena porque dentro está seco.

Se me ha escapado el alma y casi la prefiero fuera de mí: al menos así una de las dos partes de mi ser estará aparentemente a salvo de ti. A salvo de las dudas. A salvo de los mordiscos de la pena.

Los meandros que antiguas lágrimas trazaron en mi piel aún siguen secos, no han vuelto a brotar de mis ojos nuevas angustias condensadas. Y seco quedará mi rostro, añorando las otras lágrimas, las que eran dulce zumo de felicidad.

¿Sale el sol? ¿Es luz aquello que parece entrar por una rendija de este nicho? ¿Un nuevo día? Sea. Que mis pulmones se llenen de aire de nuevo y no brotará más un grito de angustia. ¡Sigo vivo! Romperé esta losa que me has hecho cargar y la vida que está ahí fuera me llenará. Sí. Sí. Sí, seré yo sin ti más yo que nunca y mi felicidad será tu pesadilla, mi alegría tu veneno, mi sonrisa tu puntilla.

Duermes para soñar

¿Qué haces? Llegas tarde y has estado caminando solo, mirando farolas o la luna mientras amanecía demasiado pronto para tu gusto. En tu piel no has sentido la brisa que el mar te lanzaba contra la cara desde la orilla.

¿Para qué caminabas si no ibas a ningún lado? ¿Que traes en tu cabeza ahora? Tus pasos serpentean, pero sabemos que no hay alcohol ya en tu cuerpo. No es eso lo que te intoxica las venas.

Te acuestas, te duermes para soñar y que al despertar los labios te sepan a beso.
Con los ojos en negro y las lágrimas resbalando hacia tu corazón pulmones adentro, te vas ahogando y lo sabes.

Y al despertar, tal vez los labios te sepan a beso. Pero tú no estarás ahí para saberlo.

Campanas de boda

Limpió el sudor de su frente y volvió a lavar los pañuelos. Los puso a secar cerca del fuego y volvió a la habitación. Acarició la cara de su esposo y besó su frente.

– Deberías marcharte, dejarme ya y no desperdiciar tu vida.

– Cállate –ahogó sus lágrimas- no hables, necesitas descansar.

– Por favor, hazme caso…

Le besó en los labios y colocó las mantas. “Si me voy ya no tengo donde vivir. Mis padres no me aceptarán de nuevo… me fui demasiado rápido. Ellos no sabían nada. No saben nada, porque no imaginan cuanto te quiero. Para ellos eres el boticario, un ser horrible que se aprovecha de una joven. Pero tú no eres así. Ellos no saben nada de nuestro amor. No comprenden que te amo desde hace ya muchos años y que sólo por mi insistencia tu accediste a reconocer tus sentimientos.” Su violenta tos la sacó de sus pensamientos y acudió a limpiar las gotas de sangre.

Fuera continuaba lloviendo. Algunos vecinos ya volvían del campo y miraban de reojo hacia la botica, cerrada por enfermedad. Los que pasaron unas horas más tarde vieron salir a Sofía hacia la iglesia, corriendo sin taparse y descalza. Ya desde sus casas, varias mujeres, mirando a través de la ventana, la vieron volver de la mano del cura.

– Sólo tienes que decir que sí cariño.

– Hija, en estas condiciones no sé si debo continuar.

– Padre, por favor, cásenos –bajó la mirada y ahogó un sollozo- no le he traído aquí para darle al extremaunción. Por favor –susurró.

El sacerdote accedió. Abrevió todo lo posible el ritual del matrimonio y aceptó como válidas las inteligibles palabras del boticario entre accesos de tos y ahogos.

– Sí, quiero.

– Sí –tosió- quiero…

Se besaron. El cura se retiró y apenado pudo comprobar como entre los brazos de la joven colgaba inerte el cuerpo del boticario, palideciendo por segundos. Salió del dormitorio, esperó en la cocina a recuperar la calma y superar la emoción y abandonó la casa. Sonaron campanas de duelo y todos supieron por quien doblaban. Sofía lloraba desconsolada, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el borde de la cama y las manos acariciando a su marido.