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Acabó cuando se le acabaron las fuerzas. No lo detuvieron ni la conciencia ni el remordimiento. Mucho menos la compasión. Se incorporó y buscó algo con lo que secarse las manos. De un contenedor colgaba una camiseta vieja, sería suficiente. La cogió y quitó con ella la sangre que se le escurría entre los dedos; luego la dejó caer sobre el cadáver que yacía a sus pies mientras pensaba si tomarse la molestia de esconder aquel amasijo de carne con rostro desfigurado o no. Un trapo sobre otro trapo.

Entró al coche. Por el espejo retrovisor podía ver el bulto entre las sombras que era ahora aquella joven que había conocido apenas unas horas antes. Sujetaba el volante mientras terminaba de recuperar el resuello. Pensaba que sentiría algo, satisfacción o una emoción similar, pero la única sensación que tenía era la de la ligera decepción de no sentir nada.

Condujo recordando.

Llevaba un café helado de esos enormes de una cafetería americana que invadía la ciudad desde hacía un par de años. El calor estival le había hecho elegir un vestido de gasa. Él notó que no llevaba sujetador y que la bebida fría endurecía sus pezones. Dedujo que seguro que no llevaba bragas y encontrárselas después, al tratar de desnudarla, fue casi una sorpresa.

Pasó por delante de él dando un sorbo a su bebida, moviendo sus caderas, con el móvil en la mano al final de un brazo descubierto. Hermosa. Indiferente del mundo más allá de la red social por la que navegaba. Él entendió que estaba mirando cuántos «likes» había recibido con su última foto en la playa, seguramente en «topless» con el brazo cruzado sobre sus pechos y gafas de sol sobre una provocadora sonrisa.

Ella siguió su rumbo sin percatarse de que él empezaba a caminar unos metros por detrás de ella con el móvil en la mano. Tampoco se dio cuenta cuando él grabó un vídeo de ella caminando, con zum a sus nalgas, ni cuando le hizo varias fotos. En un grupo de WhatsApp donde solo había amigos, aparecieron algunas de las fotos y el vídeo. Comentarios. «Uff, vaya polvo tiene». «Joder, está buenísima». «Yo me la follaba».

La esperó mientras ella entraba de tienda en tienda para mirar más vestidos, pantalones muy cortos y, él estaba seguro, tangas sensuales con los que hacerse más fotos que alimentarían su sed de «likes». Y anocheció. Y ella decidió parar a comer algo. Y él la vio pedir. La vio sacar varias fotos a su cena, elegir la mejor y publicarla.

  • Hola ¿te importa si me siento?

Ella vio a un chico atractivo, sonriente, algo mayor que ella, tal vez cinco años como mucho. Hizo un gesto con la mano ofreciendo la silla frente a ella. Se sentó y el camarero se acercó, le pidió amablemente una caña sin alcohol y volvió sus ojos hacia ella. Ojos oscuros, como su pelo. Dijo su nombre, preguntó el de ella, comentó que la comida de ahí parecía espectacular, de museo, y ella se rió al confesar que sí, que incluso le había sacado una foto a la suya. La conversación fluyó. Ella, cómoda; él, sabiendo qué decir, cómo reaccionar, de qué manera evitar los silencios y siempre con los ojos buscando la mirada de ella.

No miró su escote. No buscó ver más piel. Sabía que ahí estaban sus pechos, con sus pequeños pezones que antes se habían marcado bajo la tela del vestido. Tenía sus ojos y estos le decían que ella estaba disfrutando, relajada, pensando que él era atractivo, simpático, respetuoso…

Se ofreció a acompañarla cuando ella empezó a despedirse porque ya era tarde. Ella aceptó sin dudar. Le gustaba él, esperaba conseguir su número de teléfono. Él sabía que ella lo veía como un «follower» más, alguien con quien no pasaría nada más cuando llegaran a su portal.

Y llegaron. Él le ofreció su número y cuando ella llamó y escuchó el mensaje de que el teléfono no estaba disponible, él se excusó enseñando el móvil apagado y diciendo que no se había dado cuenta de que se le había acabado la batería; la culpa era de ella, rió, por haber absorbido toda su atención. Él dio un paso atrás y levantó la mano para despedirse. Ella se acercó para darle dos besos, sonrió y se giró para abrir la puerta. Tranquila. Segura. Él la estaba cuidando.

Y entonces sintió su mano en la parte posterior de la cabeza y el golpe de su frente contra la madera de la puerta. Luego perdió el conocimiento.

No había nadie a esas horas. La cogió por la cintura con un brazo y se pasó por encima del cuello el de ella. A pocos metros, un callejón donde una tienda cercana tenía sus contenedores de basura. Le pareció adecuado que una que se vendía como mercancía estuviera tirada entre mercancía gastada y rota. La dejó y se marchó a por su coche.

Al volver, ella seguía inconsciente en el suelo. Con el pie, le levantó despacio el vestido. Bragas. Y no precisamente nuevas ni bonitas. Supuso que las bonitas estarían en Instagram, junto a los bikinis, los atardeceres con el culo en pompa para la foto y las sábanas con las que se tapaba el pecho para esas otras fotos «recién despierta» con el pelo perfecto. Cada imagen que recreaba en su cabeza, cada «like» que imaginaba subiendo la cuenta de corazones, cada respiración con ella ahí, tirada, sucia y con la frente ensangrentada, hacían que el pulso se le acelerara. Hasta que cayó dejándola entre sus rodillas y empezó a golpearla. Sus puños se magullaron al romperle la nariz y hundirle los pómulos, y la sangre de unas heridas se mezcló con la de las otras. Paró solo para levantarse y emprenderla a patadas. El cuerpo de ella bailaba lúgubre al ritmo de los golpes mientras algunas articulaciones alcanzaban posiciones imposibles y varios huesos sonaban al romperse. Volvió a arrodilarse. Volvió a emprenderla a puñetazos aunque hacía ya tiempo que aquel cuerpo no respiraba. Hasta agotarse.

En un grupo de WhatsApp, solo de amigas, se amontonaban mensajes preguntando a Clara qué había pasado con aquel pivón que, cuando él fue al baño, ella les había contado que había conocido. Bromas sobre su falta de respuesta. «Se lo está pasando muy bien, seguro». «Yo también me lo follaría». «Yo lo dejaba seco». La primera en despertar al día siguiente y ver que aún no había respuesta mostró su preocupación. Hubo quien pensó que se había quedado sin batería. «Estará aún en casa de él». «Dijo que volvía a casa». «Habrá cambiado de opinión». «Su madre me ha escrito preguntando y no he sabido qué decir. He respondido que estaba dormida en mi casa». Un par de horas después los primeros medios informaban del hallazgo del cuerpo destrozado de una joven. Y en el grupo de WhatsApp la alarma, los mensajes de angustia y, más arriba, la foto que ella le había hecho mientras fingía sacarse un selfi.

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