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Recuperados

Lo peor

Lo peor es sentirse vivo. Sentir la sangre fluyendo por venas y arterias. Sentir el pecho subir y bajar, moviendo el aire. Lo peor, definitivamente, es sentirse vivo.

Cuando salgo del colegio no me gusta que me vayan a buscar. Prefiero comer tranquilo mi merienda mientras camino, o corro o doy patadas al balón. Estar solo y disfrutar. Dejar a lo lejos a todos esos chillones compañeros de clase, a esas niñas quejicas, a esos profesores furibundos.

No quiero comer más chorizo para merendar. No quiero. Ahora que sea mortadela, de esa con aceituna, que me gusta mucho más. Sí. Y que el pan tenga mantequilla.

No quiero volver a llegar a casa y tener que hacer deberes. Ahora puedo dejarlos en blanco y saber que mañana cuando los meta en la mochila estarán terminados. Los profesores no podrán decir nada porque están perfectos, no hay errores, todo bien hecho.

No quiero vestir más estos pantalones cortos. Me siento ridículo, feo, un niño. Y no quiero. Vestiré como quiera, con vaqueros y camiseta, llevaré gorra y un pañuelo atado a la rodilla. Y playeras, no quiero más zapatos que aprieten mis dedos.

No quiero que mi hermano no esté. Quiero que vuelva y no esté muerto. Quiero que salga de esa caja negra, de esa piedra fría. Quiero que no haya bebido y que no haya cogido el coche para que esté aquí y me pueda dar un abrazo. Lo quiero a él como era antes.

Quiero que mamá me quiera. Volverá a casa y me dará besos de buenas noches. Dejará de estar tan lejos. No volverá a dejarnos solos, y cuidará de mí, y me querrá y papá no le pegará más.

Papá me va a querer. Me querrá y estará más tiempo en casa. No tendrá que comprarme otro ordenador ni otra consola, ni una bicicleta que no usaré. Estará en casa sin oler a alcohol y estará limpio y olerá bien para que mamá le siga queriendo mucho.

No quiero volver a entrar en el salón y ver a papá y mamá discutir. No quiero llegar junto a ellos y oír sus gritos. Sus voces deformadas por el odio y la furia, sus caras enrojecidas, sus ojos desorbitados. No quiero que me griten que me aparte, no quiero que aparten, no quiero caer al suelo. Que me vean, que vean que quiero que hagan las paces. Que me mire. No quiero hacer daño a papá mordiéndole la pierna. No quiero que me pegue y me tire contra mi madre y yo saltar de nuevo sobre él. No quiero ver su pistola ni sentir ese estruendo ni sentir el dolor ni el olor a humo ni el olor a carne quemada, ni el olor a sangre. No quiero que mamá salga corriendo y gritando y que papá me recoja y la siga hasta la calle. No quiero volver a dormirme así.

Quiero. Sí. Sobre todo quiero despertar. Salir de este coma y poder sentir. Aunque sea sentir el dolor de caerme, sentir el frío; o el calor y sudar y sentir las gotas de sudor resbalando por mi piel. Poder caminar y marcharme, poder huir y dejar atrás todo este dolor. Pero el niño que era ha muerto con aquel disparo. El trabajador responsable que iba a ser, ahora está incapacitado. El dulce marido se ahogó con los licores de mi padre.

Quiero escapar pero tengo las piernas de cemento. Quiero levantarme y ser niño, pero el tiempo no pasa en balde y ya son muchos años aquí postrado. Querría hacer algo bueno. Y eso aún estoy a tiempo de hacerlo. Cambiar el mundo, de alguna manera. No voy a poder plantar árboles, no voy a poder dar dinero al tercer mundo, ni siquiera podré colaborar en una ONG, pero voy a hacer algo bueno por el mundo. Voy a acabar con un mal ejemplo, voy a acabar con un dolor. Voy a acabar con una fuente de mal y de tristezas.

Pero yo solo no puedo y por eso te necesito. Te necesito para morir. Es fácil. No tanto como matar a un hada, que dicen que para eso basta con no creer en ellas. En mi caso es más bien lo contrario, debes creer en mi para que puedas tranquilamente acabar conmigo. Supongo que nadie antes te había pedido algo así, pero verás como no te cuesta hacerme este favor. De hecho, desearás hacerlo tanto como ahora crees odiar mi idea.

Dime ¿de qué sirve al mundo alguien como yo? Mis piernas son inútiles. Mis ojos están ya viejos prematuramente y mis manos… Mis manos van a hacer todo lo posible por arruinar la vida de quienes me rodean. Si despierto no tendré más opción que ser como me han enseñado que sea. Buscaré ser feliz y veré que no puedo. Y entonces buscaré el alcohol y así podré tratar de no estar en este mundo. De qué me iba a servir estar.

Vas a acabar conmigo.

Vas a matarme porque si salgo de aquí voy a querer buscar a tu hija, porque es joven y yo quiero sentirme joven y amado. Y vas a querer que no exista cuando tu hija se niegue a amarme y yo la fuerce y abuse de ella y la golpee hasta romperle algún hueso.

¿Querrás que viva?

Tú me vas matar porque sabes que el mundo es mejor sin alguien como yo. Porque tal y como he crecido no soy una persona. Porque me tienes miedo me vas a eliminar aprovechando que ahora estoy indefenso. Aprovéchate, debes hacerlo y matarme.

Te lo aseguro. Lo peor es sentirse vivo. Sentir la sangre fluyendo por venas y arterias. Sentir el pecho subir y bajar, moviendo el aire. Lo peor, definitivamente, es sentirse vivo.

Mátame. Te harás un favor.

To let go…

Era un domingo. Y fuimos de paseo, mi padre y yo. Recuerdo el aire todavía fresco por ser apenas principio de primavera y que mi padre llevaba una chaqueta marrón.

Entonces pasamos al lado de aquel puesto que vendía globos. Las otras veces que habíamos paseado por allí, mi padre nunca había accedido a comprarme uno, pero eso no me hizo dejar de intentarlo una vez. Para mi sorpresa, aquel domingo apenas sin insistir ni hacer ningún numerito, mi padre se acercó al hombre de los globos, me preguntó cual quería y luego cogió el cordel y lo puso en mi mano.

Recuerdo mi alegría. Paseaba orgulloso, cogiendo con una mano la mano de mi padre y en la otra aquel globo, tan colorido, volando a mi lado. Recuerdo sus colores vivos, cerca de mi cara, y poco más, ni siquiera las calles. Era como si aquella forma casi etérea atrapara toda mi atención y mi ilusión: no veía nada más.

Sin embargo, al salir de una bocacalle una corriente de aire arrancó el globo de mi mano confiada. Recuerdo aún la sensación del cordel resbalando por entre mis dedos sin yo poder evitarlo. La congoja me atrapó irremediablemente cuando vi que mi padre intentaba en vano alcanzarlo… y rompí a llorar, sollozos sonoros, profundos. Aquella felicidad se transformó en una sensación desoladora.

Mi padre se agachó a mi lado, me apartó las manitas de los ojos y me limpió la cara con las suyas. Me dijo, mira. Y giró mi cara en la dirección en la que el globo volaba alejándose de mi.

– ¿Qué ves?

– Mi globo, se va.

– ¿Y qué más?

– Nada -dije entre sorbos de mocos.

– ¿Estás seguro? Mira bien. Mira como ahora el globo brilla más. Mira como sus colores ahora son más bonitos. Fíjate, puedes ver la bahía. Se abre azul, las montanas al fondo, con su verde cortando el también azul del cielo. Y tu globo está ahí, tu globo vuela ¡y es libre para disfrutar de todo eso!

– Pero no lo tengo -respondí intentando hacerle entender mi desesperación.

– No lo tienes, pero antes el globo solo podía estar muy cerca de ti. Sólo podía verte a ti y las paredes de ladrillo de esos edificios que hemos pasado. Ahora esta ahí arriba, y todavía puede verte; igual que tu todavía lo puedes ver -ahora el globo hacía piruetas con el viento, como jugando a llamar mi atención, o eso me pareció-. Así que abre bien los ojos y disfruta: tu globo se aleja de ti, pero se va para ser más feliz. Y tú tienes que ser feliz porque ahora lo que él tiene es mejor y más de lo que tenía estando contigo.

 Mis ojos siguieron en silencio el viaje de aquel globo hasta que, después de ser un minúsculo punto negro contra el blanco de una nube, desapareció.

– ¿Y qué pasa ahora? -pregunté curioso, más que triste.

– No podemos saberlo. Sólo confiar en que su viaje esté lleno de bonitas experiencias -respondió mi padre tomándome la mano y haciéndome continuar el paseo. No hablamos más durante el resto del trayecto hasta el hospital. Pero mi padre me agarró por el hombro cuando llegamos al lado de la cama donde mi abuelo estaba. Me besó la cabeza y me dijo:

– Piensa en el globo.

– ¿Por qué?

– Porque lo mismo pasa ahora con mi padre, tu abuelo. Vamos ver cómo se va y vamos a ser felices por eso, ¿vale?

– Vale – dije con decisión, afirmando con la cabeza. Apreté la mano de mi padre y me senté sobre sus piernas. Me abrazó y esperamos. No sé cuánto tiempo estuvimos ahí, pero sé que no hablamos y entonces, en algún momento, mi padre me dijo: ya está, vámonos.

Lloraba como un niño

Lloraba como un niño. Mojaba su pecho con mis lágrimas y sentía sus caricias en mi pelo y por mi espalda, intentando calmarme. Lloraba ella también.

Las palabras habían salido de mí lentas, desgarrándome por dentro. Confesé dudas, miedos, confesé infidelidades y estallé en lágrimas. Y ella me estaba consolando a mí.

Escrito originalmente el 4-7-2005

Esto sí que es un adiós

Fueron cuatro cachis de kalimocho. Seguidos y sin apenas respirar. Intenté ahogar mis penas y lo conseguí. Antes de levantarme me acerqué a ella y le di las gracias por haber logrado con sus palabras que yo llegara a esta situación.

No dije hasta luego como era mi costumbre. Dije adiós. Adiós y me levanté. A la primera. Acerté a dar tres pasos y luego caí. Mi frente golpeó el escalón de la entrada y se abrió. Sangre. Empezó a brotar sangre y el dolor me hizo vomitar. Se mezclaron los dos rojos, el espeso de mi sangre y el pálido del vino. Recuerdo haber apoyado mi mano en aquella sustancia en un vano intento por levantarme. Me desplomé y noté la calidez de la sangre al salir por la profunda herida. La calidez de mi vómito empapando mi ropa. Lo demás no existía. Para mi no había ruidos, ni música ni voces, ni siquiera sus gritos al intentar que me moviera. Luego, negro. Nada.

Al abrir los ojos tuve ganas de vomitar otra vez pero mi estómago estaba vacío. Y me di cuenta de dónde estaba. Una camilla, tubos, una ventana y tras ella la noche; y ella dormía en la silla junto a mí. No volví a dormirme, ni siquiera pensé en algo concreto. Mi mente viajó hasta que un rayo de luz entró e iluminó su cara. Poco a poco despertó. Una mirada interesada hacia mí. Luego una expresión preocupada. No se arrepentía de lo que había dicho, me di cuenta. Estaba ahí porque sabía que era la única persona que yo tenía en mi vida.

Apartó sus ojos de mí. Los míos se inundaron y las lágrimas empezaron a recorrer mi cara. Ni siquiera intenté mover la mano para secarlos. De cualquier manera, seguro que no hubiera podido. Tan agotado. Tanto.

Su mano apretó el timbre para llamar a la enfermera. Yo había despertado y no había peligro. Sin decir nada se me acercó. Un beso en la mejilla. Luego la puerta se cerró tras ella. Ahora sólo amigos. Suponiendo que volviera a verla. Lloré amargamente. Lloré aún mientras la enfermera me observaba. Parecía saber lo que me pasaba. Se acercó despacio y me abrazó maternalmente. No sé como lo logré pero moví los brazos y conseguí abrazarla fuertemente. Lloré sobre su hombro como un niño pequeño hasta calmarme.

Cuando me dieron de alta, recogí mis pertenencias y las metí en la bolsa de viaje. No me quedaba nada. Ni nadie. Caminé y caminé. Atrás quedaba todo, también ella. Tú.
Por eso te escribo esta carta. Porque no te quedaste atrás. Nunca has salido de mi corazón y sé que no me has olvidado. Te escribo por última vez, me iré lejos intentando olvidarte. Pero mientras, deja que te diga lo que te he dicho en los cientos de cartas anteriores:
Te quiero.

Ahora ya será definitivo.

Ahora sí que esto es un adiós.

Versión corregida. Texto escrito originalmente: 14-02-98

Ácido o no

-Es que las ranas croan mucho y los arboles no lloran hojas pues el viento se las arrancó.
-Graniza.
-Es que el cielo no soporta las penas y las deja caer a tierra donde entran hasta las raíces del alma y brotan como flores de alegría.
-¡Qué frío!
-La sangre fluye lenta y necesita de la luz para alimentarse. Abre tu piel y deja que respire tu alma, siente la caricia de Ra y ríe porque la dicha está contigo.
-¿Nos vamos?
-Dame otro azucarillo… por favor…

Escrito originalmente el 7 – 03 – 05

Es así

Entre mis barbas quedan enredados aún tus besos y por mis dedos juegan a esconderse como una sombra los restos del olor de tu cuerpo. Como un tatuaje queda el recorrido de tus manos por mi cuerpo marcado hasta las venas.

Pero tu ausencia. Ahora tu ausencia llena este cuarto, empuja las paredes sobre mí y hace del aire sucio alquitrán que ahoga mis pulmones.

Quiero que el alba deje su caprichoso paseo y te traiga a mi lado. Es así.

(Escrito originalmente en 2006)