Un café tras 10 años

Publicado en Relato corto

Hace poco que he empezado a beber café. Y me alegro de haber adoptado esta nueva costumbre: ahora sé lo que significa quedar para tomar un café. O tal vez simplemente sea que me alegro de tener una buena excusa para estar aquí, frente a ti, con dos tazas entre nosotros, vapor como tenue cortina que se va igual que se va, con cada minuto que pasamos aquí, todo este tiempo que ha pasado sin vernos.

¿Cuántos años han sido? ¿10? Puede ser. Y resulta que aquí estamos. Me hablas y, lo juro, te escucho. Pero también te miro. Te miro a los ojos y no es por simple cortesía. No. Te miro porque en ellos sigues siendo la misma de hace tanto tiempo. Veo tu simpatía, tu cariño, tu confianza. Veo todas esas cosas que sentía y que me alegro tanto de comprobar que siguen ahí. Miro algo más cuando apartas tu mirada, lo reconozco, pero me regalas media sonrisa al descubrir que mis ojos han bajado un poco. Y ya no apartas tus ojos de los míos, me absorbes.

Bajas la taza después de dar un sorbo y ahí está tu sonrisa. Una sonrisa que invita a sonreír contigo, con tus pómulos un poco sonrojados, redondos y dulces. Unos labios que forman un leve valle en el que quiero sumergir mis besos. Un deseo moderado por la madurez que ahora tenemos, pero un deseo que está aquí, al fin y al cabo. Nos alegramos de vernos. Nos alegramos de poder pasar este tiempo juntos.

Tu voz, sin embargo y a pesar de mantener ese tono tuyo, un poco agudo y suave, tiene ciertas sombras grises. Y la conversación, entonces, se va dirigiendo a esa zona oscura que sólo estás empezando a dejarme entrever. Pero sé que vamos a hablar de ello, siempre he tenido tu confianza, siempre me has ofrecido esta felicidad de saber que cuentas conmigo y me abres tu corazón.

Y a tus palabras llegan los miedos y dudas que ahora te atormentan. Deudas con el pasado, vida no vivida a cambio de crecer antes que los demás. Episodios de una serie no emitida, capítulos de un libro descartados antes de editarlo. Y te entiendo, te entiendo muy bien. En algún momento de mi vida he pasado por lo mismo que tú, así que sé de qué me hablas y sé un poco por lo que estás pasando.

Amiga, te digo, para pescar hay que mojarse. Pero piensa que el pez que ha escapado con la corriente es el pez que ya no vas a coger. A veces me salen metáforas sin querer. Lo que quiero decir es que ya no vas a tener los juegos de beber a los que jugamos los demás. Ya no vas a tener esas noches, esa música, esa ropa y tampoco vas a saber qué es eso de esperar a los lentos en la discoteca para poder dejarte abrazar y besar al chico que te gusta. Ya no.

Tuerces un poco el gesto y me dan ganas de tomarte las manos. Lo hago. Piel suave, como la recordaba. Relajas tu expresión. Me miras pidiendo más palabras, pero palabras que te devuelvan la sonrisa. No sé si voy a poder, pero te diré lo que pienso. Te seré sincero como siempre he sido: vive. Vive lo que tienes o vive lo que quieres. Acepta que algo has perdido; pero lo has perdido a cambio de ganar esto que tienes ahora y que te hace feliz.

No suelto tus manos.

No dejo de mirarte.

Aún no sonríes.

El café que queda se va enfriando.

Me levanto y me siento a tu lado. Paso mi brazo por detrás de tu espalda y apoyas tu cabeza en mi hombro. El silencio es cómodo. El calor de estar juntos relaja. Soy consciente de que existe el resto del mundo sólo porque veo algunas sombras moverse, pasar por delante de nosotros. Beso tu cabeza. Acaricio tus hombros. Huelo tu pelo.

Amiga, me alegro de estar aquí contigo después de tanto tiempo. Me alegro de volver a tu vida. Me alegro. Amiga, sonríe. Te hago cosquillas en el cuello y tus labios estallan en una risa que rompe el tiempo.

Amiga, estoy y ya no me voy. Te ayudaré a abrir las puertas que quieras abrir y a cerrar los armarios en los que se esconden las sombras que te asustan. Cuenta conmigo y confía en lo que digo igual que confías en lo que soy: vas a sonreír. Lo sé. Es así. Y sé que juntos vamos a descubrir cómo.

Mirada. Abrazo. Besos. Me regalas una sonrisa más y te abrazo para evitar el impulso de darte un beso que a los dos nos gustaría pero que no sería adecuado en estas circunstancias.

Hablaremos. Te escribiré. Escribiré sobre ti.

Hasta pronto.

Adiós en tono amarillo

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Secó el sudor de su frente y miró al horizonte, donde el sol iniciaba su viaje al otro lado, dejando la playa cubierta por un brillo dorado. Tenía el gesto amargo que tenemos aquellos que escapamos de las despedidas como la sombra escapa al sol de mediodía en un campo de trigo.
 
A su espalda, el otoño llegaba y una brisa un poco histérica intentaba, sin éxito, sacudir a soplidos las hojas caducas. En su cara, resbalaban lágrimas doradas por el reflejo de la luz. En su garganta se ahogaba un grito agrio. En su corazón un rescoldo trataba de no morir ahoga. Y en el mar, la línea del horizonte sacaba su lengua de sol para engullir el barco en que ella iba ya, margarita sin pétalos, desnuda de aquellos silencios ardientes como el desierto.