Antes de su boda

Publicado en Recuperados, Relato corto

Durante la conversación más triste de mi vida, mis ojos no se apartaban de su verde mirada.

Hubo palabras. Palabras equivocadas y, tal vez, palabras certeras. Hubo sinceridad pero también pensamientos que murieron antes de llegar a ser formulados.

Hubo silencios apretados en abrazos, que dijeron tal vez más de lo esperado y siempre menos de lo deseado.

Fueron besos teñidos de lágrimas. Besos contradictorios. Besos que decían “te deseo” eran seguidos por besos que decían “nunca te olvidaré”. Besos pidiendo una oportunidad cedían el paso a besos resignados a la derrota final.

Eran besos y eran lágrimas.

Fue una despedida sin serlo. Fue la manera de dejarnos libres sabiendo que siempre estaremos unidos.

Durante la conversación más triste de mi vida, te dije en cada beso que te estaba queriendo, que te había querido, que no aceptaba tu ida y que, al mismo tiempo, no había nada mejor entre lo que yo ofrecía.

Fueron besos bañados en lágrimas, salpicados de sonrisas inevitables que reflejaban lo que en nuestras palabras no tenía cabida: la resignación, la aceptación de una realidad que, inevitablemente, sabíamos que era la correcta pero que, al mismo tiempo, sentíamos que no era la mejor.

Pequeña

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Eres tan pequeña que te puedes perder entre mis brazos.

Tan pequeña que me miras desde abajo y veo tus ojos sonrientes al lado de tu nariz que me apunta. Cuando no me miras, sólo puedo doblar mi cuello y besar tu pequeña cabeza.

Intento escapar del mundo refugiándome en tu melena y acabo encontrando tu cuello perfumado y delicado, una piel suave que no puedo sino besar delicadamente.

Agarro tu cintura y te levanto, rodeas mi cintura con tus piernas y te siento ligera sobre mis brazos mientras con los tuyos abrazas mi cuello y nuestros labios se encuentran. La ternura, la suavidad, el cuidado, el cariño…. Crece como una enredadera que nos envuelve y une, nos hace uno y mi corazón se llena de esta emoción que me impide soltarte y continuar con la vida.

Eres tan pequeña… pero es tan grande lo que me haces sentir que siento que el espacio entre mis brazos ha sido hecho para tenerte ahí, a salvo del mundo y mecida por el latido de mi corazón.

Cada vez

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Es algo nuevo. Pero es algo que se repite. Cada vez.

Te conozco bien, muy bien. Pero cada vez que te veo me enamoro de nuevo. Más. Cada vez que quedamos, siento algo dentro, esa excitación y nervios que sé que he sentido más veces contigo al tenerte cerca, pero que siento otra vez y como nuevos. Admiro tus ojos, contemplo tus labios y tu cuerpo, que sé que conozco con detalle, se me aparece -cada vez- como un misterio que deseo descubrir. Tu voz, cada sonido que sale de tu boca me cautiva una vez más, cada vez. Tu aroma me atrapa y lo busco una vez más, cada vez.
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El día que…

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El día que no te besé estuviste sonriendo todo el tiempo, hablando relajada, enredando con mi pelo de vez en cuando y tenías una mirada que no alcanzaba a comprender.

Hoy, el día que no te tengo, comprendo todo lo que tus ojos me estaban diciendo y sólo me queda llorar y desear que el tiempo se pare y hasta se retuerza por darme otra oportunidad en aquel momento, por mirarte y comprender que las palabras ya sobraban, que las manos estaban diciendo todo y que, tu mirada, tus párpados, el gesto de tus labios y el color de tus mejillas sólo querían que me callara y abrazara mi boca con la tuya.

Quedan, ahora, el miedo, mi odio a mi mismo y la mirada vidriosa frente al espejo de un borracho arrepentido que sabe que perdió su oportunidad y aún no se atreve a dar el paso para olvidar y morir… o vivir sin ti, que es igual.

Sin deshacer las maletas

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https://www.youtube.com/watch?v=bAD2_MVMUlE

– Lo cierto es que apenas he deshecho las maletas. En seguida volveré a irme. A finales de mes más o menos.

Yo la miraba fascinado. Aquella chica había viajado por medio mundo, había trabajado en lugares fantásticos… y era encantadora. Contando sus batallas transmitía toda la pasión que había puesto en cada una de ellas y eso resultaba embriagador.

Apenas la conocía de unas horas, sumando todos los ratos que habíamos coincidido en la cafetería en los descansos de estos cursos de verano… pero cada vez quería estar más tiempo con ella. Y ella me dio la oportunidad. Se atrevió a invitarme a algo después de clase, el último día de clase. Fue el biofrutas más agradable que he tomado nunca. La conversación fue amena, me encantaba mirarla… y el tiempo pasó volando.

Mientras atardecía dimos un paseo por la costa, donde el verde de los prados se quedaba de puntillas al borde de los acantilados. El viento removía su pelo y me encantaba ver como ella se lo cogía una y otra vez con las manos.
El frío me ayudó a abrazarla. El roce me animó a besarla. Sus labios… sus labios me hicieron olvidarme del mundo.

Aprovechamos las tardes de finales de agosto para conversar y dejar que nuestros cuerpos se hablaran gesto a gesto, roce a roce… con cada centímetro de piel. Sentí que tenerla me llenaba. La miraba y ni el pasado ni el futuro parecían tener relevancia… sólo piel morena y suave en la cama y su mirada. No podía pasarme mucho tiempo quieto mirándola, realmente, porque de inmediato ella saltaba y hacía alguna monada o me pegaba en bromas o me untaba con mi desodorante que tanto le gustaba y luego me olisqueaba por todas partes… las risas no cabían en el cuarto y salían por las ventanas.

Ella iba a volver a irse. Tenia que volver a trabajar. Nunca me dijo cuando, no quiso. Yo odio las despedidas y se lo agradecí… pero al final no hubiera podido despedirme ni aunque quisiera. Porque me equivoqué… porque tuve miedo y le hice daño… porque soy idiota. Idiota, idiota, idiota.

Luego sí, traté de hablar con ella, pero no ha respondido al móvil ni a mensajes, ni a correos… y pensé que llamándola a casa… tal vez tendría suerte, tal vez estaría aquí aún y no se habría ido.

Pero ha respondido usted. Y no ella. Y el viaje no era tal viaje… no se iba al extranjero. No tenía más o menos un mes disponible para seguir aquí y estar conmigo antes de coger un avión. Perdóneme… no debería hablarle así, yo he estado un mes tratando de contactar con ella pero usted, usted lleva un mes llorando la muerte de su hija. Perdone las molestias. Ya cuelgo… gracias por escucharme.

Tu dolor

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Hoy la muerte me ha visitado. Y la he reconocido a pesar de todo. No venía de negro, con túnica y guadaña.

Hoy he visto a la muerte en tus lágrimas, en la expresión rota de tu rostro, detrás de tus ojos tan tristes. La he visto como nunca imaginé.

Y tuve tanto miedo… Apenas he podido cogerte la mano y mirar. Desear que pronto pase todo, que puedas volver a sonreír recordando los momentos que pasaste con él; sin la punzada de la angustia de haberlo perdido.

Llorabas y el corazón se me partía con cada una de las gotas de plata que salían de tus ojos. Y me apretaba contra ti para no derrumbarme, sin poder hacer nada más que estar ahí a tu lado, callado, viendo como la muerte de tu ser querido te estaba queriendo matar.

Pensé muchas palabras y cosas que decir. Fallidos intentos de consuelo que conseguí ahogar antes de que salieran de mi boca. Contuve mi pena, alejé mi dolor y posé mis labios en los tuyos. Tus ojos se abrieron enrojecidos, pero entre los regueros de lágrimas de tu cara esbozaste una sonrisa y supe que mi calor te había llegado.

He visto la muerte en tu desconsuelo y desesperanza, y he tenido miedo. Pero estaré contigo.

Esta noche

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Entre mis barbas quedan enredados aún tus besos y por mis dedos juegan a esconderse como una sombra los restos del olor de tu cuerpo. Como un tatuaje queda el recorrido de tus manos por mi cuerpo marcado hasta las venas.

Pero tu ausencia….

Ahora tu ausencia llena este cuarto, empuja las paredes sobre mí y hace del aire sucio alquitrán que ahoga mis pulmones.

Quiero que el alba deje su caprichoso paseo y te traiga a mi lado. Es así.

Tan sencillo. Tan estúpido

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No esperes que esta noche la luna te susurre un cuento. No esperes.

Tu piel, hoy, será unas horas la simple sábana de este cuerpo que se enfría. Serás el último paño que empape su sudor. En ti quedará prendido su último calor.
En un extremo de ti, piel blanca que cubre el futuro cadáver, brotan yedras revoltosas que crecen por ti rojas. Sus raíces capotean en el charco de sangre, pero sus hojas, como rubíes, reptan por ti tiñéndote.

“Tan sencillo como no olvidarte, tan estúpido como aún quererte.”

Su tinta última se seca en el papel que ahora ya se ha hecho parte de la piel de tus manos, rugosa, áspera… hasta que la yedra que sigue adornándote de rojo brillante llegue. Y cuando la tinta y la sangre se encuentren brotará de su pecho y a través de ti, piel tan fina, casi ya nada más que paño rojo, una respuesta.

La luna, al final, ha bajado a contarte un cuento y confundir mis palabras. Y con ellas a ti. Pero no te dejas arrastrar por su fábula, quieres que mi palabra continúe. La luna murmura pero no interrumpirá.

Tú, de su sangre ya, sobre él y siendo él cada vez más, te esfuerzas por oír que tu final se acerca y que te has sacrificado. Pero hoy la luna no te susurra el cuento que quieres oír. Hoy, no te sacrificas por él en gesto de amor. No. Hoy, él muere desangrado en su lecho porque no soporta quererte.

Hoy, camina de la mano de la Dama del Alba porque le dejaste de querer. Y estar sobre su carne tratando de mantenerla viva no esconde ese hecho.
Hoy, estás muriendo porque lo mataste al negar que lo querías.

Lo que sí y lo que no

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Hay cosas que duran un segundo. Otras un poco más. Sea como sea, la gran mayoría de las cosas duran poco. Por desgracia las buenas también pasan (y por algo decimos “lo bueno, si breve, dos veces bueno”) pero eso nos deja el hecho de que lo malo tiene fecha de caducidad (“no hay mal que cien años dure”).
Dura poco la flor que te he regalado. Unos días como máximo… luego quedará su recuerdo.

¿Sólo eso?

Tengo la intención de pensar que no es sólo eso. Es más, me considero afortunado de creer que no todo se acaba. Hay ciertas cosas que duran para siempre, que no se agotan, ni extinguen ni desaparecen. Las importantes. Las mejores. Por ejemplo, la razón por la que decidí comprarte esa flor.

Todo lo que está detrás de esas acciones que nos animan y/o animan a los demás es lo que no va a desaparecer nunca. Eso prevalecerá.

Por eso, con la sensación de que el tiempo vuela me siento y te escribo estas líneas que desaparecerán entre otras muchas pero que sé que al menos leerás una vez. Y te digo: mis regalos se perderán o romperán u olvidarán. Pero cada cosa que te he dado, ha sido desde el cariño o el amor o la amistad o todo ello al mismo tiempo. Así que recuerda que te quise y que te quiero. Recuerda que incluso cuando yo no esté, pues también mi existencia está limitada y ya consumida en gran parte, te quedará este amor.

Se irá el calor, el olor, el tacto, la mirada, el abrazo, los labios y los besos.

Morirá esa flor.

Pero yo, en ti, no.

Nunca.

03/01/213

Mirándote en mis adentros

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Quien se enamora dice sentir mariposas en el estómago.

Lo que yo siento ahora son hormigas en el corazón. Cientos de miles de pequeñas punzadas, diminutos mordiscos, incesante movimiento inquieto y errático. Me abro la carne de par en par y veo mi corazón negro y palpitante de una vida ajena porque dentro está seco.

Se me ha escapado el alma y casi la prefiero fuera de mí: al menos así una de las dos partes de mi ser estará aparentemente a salvo de ti. A salvo de las dudas. A salvo de los mordiscos de la pena.

Los meandros que antiguas lágrimas trazaron en mi piel aún siguen secos, no han vuelto a brotar de mis ojos nuevas angustias condensadas. Y seco quedará mi rostro, añorando las otras lágrimas, las que eran dulce zumo de felicidad.

¿Sale el sol? ¿Es luz aquello que parece entrar por una rendija de este nicho? ¿Un nuevo día? Sea. Que mis pulmones se llenen de aire de nuevo y no brotará más un grito de angustia. ¡Sigo vivo! Romperé esta losa que me has hecho cargar y la vida que está ahí fuera me llenará. Sí. Sí. Sí, seré yo sin ti más yo que nunca y mi felicidad será tu pesadilla, mi alegría tu veneno, mi sonrisa tu puntilla.