La huida de Ainara

Ainara vivía en un bonito pueblo. Allí tenía un parque donde jugar, un jardín donde dormir al sol mirando las nubes al pasar, una escuela a la que asistía con sus dos mejores amigas… En aquel pueblo, Ainara siempre estaba sonriendo y dormía feliz.

Pero un día algo cambió. Cayó una fuerte lluvia y la tierra de un monte próximo corrió y manchó un par de calles del pueblo completamente. Además, el bosque quedó afectado y los animales empezaron a merodear el pueblo. La gente dejó de salir a la calle y Ainara ya no sonreía.

Pasaron los días y la situación no mejoraba. Mal tiempo y animales salvajes rodeando el pequeño pueblo. Ainara se sentía cada vez más débil, más triste, angustiada… y pensó en huir. No quería dejar atrás todo lo que más quería, pero se estaba muriendo de pena y no aguantaba más.

Lloró mucho mientras cogía el equipaje y no volvió la cara con sus ojos enrojecidos al dejar a su espalda su pueblo, el lugar donde tan feliz había sido.

La vida en la cuidad fue muy dura al principio, extrañaba todo cada día, pero pensar en las calles embarradas, el miedo cada noche a que los animales entraran al pueblo la entristecía y sabía que no quería estar ahí, que no quería sufrir.

Tras no mucho tiempo, Ainara ya sonreía casi todo el tiempo. Aprendió muchas cosas y comprendió cómo eran las cosas en el mundo. Se sintió orgullosa de haber salido de aquel pueblecito, de haber crecido, de ser mayor.

Pero un día, volviendo a su casa de ladrillo, se vio en un charco reflejada. Y se miró a los ojos. Un destello sobre el agua la cegó por unos segundos y a su mente llegó el recuerdo del sol de su pueblo. Y su cabeza se llenó de imágenes del verde del jardín, de los juegos en el parque, de las risas de la escuela… Ainara descubrió que detrás de todo aquello que la había aterrado y entristecido, estaba todo lo que la hacía realmente feliz.

En cuanto llegó a casa, dejó sus cosas y emprendió el camino de vuelta al pueblo. Quería volver a sentirse como antes se había sentido y ya sabía cómo y dónde sería eso.

El pueblo aún tenían sombras de barro en algunas paredes y habían tenido que cercarlo, pero Ainara lloró mientras recorría sus calles. Y lloraba de alegría. Los suyos la estaban esperando con los brazos.

Y se empeñó en recuperar aquel lugar de su felicidad. Así que limpió las calles del barro, desbrozó bosque y eliminó las cercas de espino. En poco tiempo, con su esfuerzo y el de los que la querían ver feliz, el pueblo lució hermoso, más aún que antes.

Y Ainara, sentada en el jardín al atardecer, se dió cuenta de que aquello que tantos problemas le había causado la había hecho obligarse a irse lejos, a huir, pero que gracias a esa distancia había podido verlo todo con claridad, crecer, confiar en sí misma y volver para encarar sus problemas, resolverlos y disfrutar de lo que tanto había querido.

“Por suerte -se repetía-, abrí los ojos y supe lo que tenía que hacer”. Luego, sonreía y se dejaba mecer por la dulce brisa en los brazos de su lugar querido.

 

27 sep 2007

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