Dream inc. – Prólogo

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– ¿Primer día? Tranquilo, esto es sencillo.

La voz provenía de una cara sonriente y relajada, de tez morena, que le hizo pensar en la gente de Hawaii o un paraíso similar. Efectivamente, era su primer día, la tarjeta que colgaba de su cuello tenía un muy claro “En prácticas” junto al nivel de acceso más bajo. Sólo hacía una semana que había terminado el cursillo de formación que los nuevos empleados recibían tras pasar el proceso de selección, cursillo que le había dejado con la sensación de que podría sobrevivir si todo iba bien pero que si algo fallaba, se quedaría con el culo al aire.

Durante esos días en casa esperando la llamada que confirmara el horario de su primer turno, había dado mil vueltas a lo que le habían enseñado, releído los apuntes que le habían dado y tratado de memorizar más y mejor todo. No quería fracasar. Necesitaba este trabajo y quería demostrar que valía. Y, bueno, también quería poder pagar el alquiler, claro. Debía tres meses a estas alturas y el casero no lo había echado ya simplemente porque no había tenido tiempo de buscar un nuevo inquilino. Pero si trabajaba bien, el sueldo le permitiría saldar esa deuda con la primera nómina. Un sueldo increíblemente bueno para un trabajo como ese, donde no le habían exigido apenas nada antes de seleccionarlo. Claro que, en realidad, más de la mitad de ese dinero se debía al bonus por exclusividad y privacidad.

– Soy Ekela -continuó la cara sonriente- y me han asignado este turno contigo para ayudarte a familiarizarte con todo. Verás que no hay mucho que ver pero estaré contigo toda la semana, hasta que pases al turno de noche como todos los nuevos -sintió el tono burlón de esto último-. Pero, vamos, que estaré pero intentaré no molestarte.

– Alberto -respondió sintiendo que la mano de Ekela que había apresado la suya podría haberle destruido las falanges sin mucho problema -, encantado.

Caminaron por un pasillo y cruzaron un par de puertas que “sólo se abrirán con mi tarjeta hasta que pases esta semana de prueba, luego ya te darán acceso. Tranquilo”. Todo era muy blanco y aséptico; podría pensarse que era un hospital si no fuera por la ausencia de pacientes, médicos, camillas y el olor a hospital. Y, sí, bueno, por la fachada, claro. Era de cristal negro y con elegantes y enormes letras blancas de neón en el centro

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Una última puerta de cristal se deslizó a un lado con un susurro y entraron en una cabina de control. Alberto había visto una durante el cursillo de formación así que la austeridad no lo sorprendió. Pero además del panel de controles y la silla que lo esperaba, había dos novedades. Una, obvia, era una segunda silla colocada allí para acomodar a Ekela. La otra era el cristal que cubría la pared frente al panel y que permitía ver una sala decorada como una pequeña habitación de hotel.

– A la izquierda está la puerta al baño -informó la voz de Ekela-, normalmente quieren ducharse antes de salir. A la derecha la puerta de entrada y salida. La luz en la sala se apagará en cuanto empiece la sesión, así que, tranquilo, no verás nada más que cómo entran y salen. Todo lo que de verdad necesitas ver para saber que no hay problemas aparece en los monitores: temperatura, ritmo cardíaco, tiempo restante, servicio contratado… todo aquí -tocó varias pantallas del panel de controles. Ekela conseguía contar todo en tono amable y sin parecer condescendiente. Aunque Alberto percibía también una relajación que lo incomodaba. Con todo lo que le habían dicho antes sobre las responsabilidades que tenía, ver a su compañero así  de relajado lo confundía.

– ¿Vamos con el primer cliente?